Poesía erótica: “Las canciones de Bilitis”. Fracaso y plenitud de Eros

En 1894 Pierre Louys publicó Las canciones de Bilitis, una colección de poemas eróticos traducidos del griego, divididos en bucólicas, elegías y epigramas, los cuales habían sido escritos por una poeta griega de la isla de Lesbos. Poco tiempo después, la crítica y los especialistas descubrieron el engaño: Bilitis no fue su autora, ni mucho menos había nacido en Lesbos, ni fue contemporánea de Safo como se creía a partir de las indicaciones dadas por Louys en la biografía apócrifa que abre su libro. El juego del autor francés es hoy anecdótico, pueril quizá, mas no exento de gracia. Acrecentó en todo caso los matices de un libro que hoy resulta imprescindible y casi sagrado por la experiencia estética inolvidable que logra poner en evidencia, sobre todo porque dicha experiencia despliega el registro de una vida como flujo del erotismo.

Bilitis no existió. Es mejor así. El cumplimiento mítico, el encantamiento de sus palabras son completamente ajenos a la relevancia de una realidad histórica. Lo que importa son los énfasis de la carne, el deseo, el amor. Las canciones de Bilitis exponen el esplendor y la ruina del cuerpo, la existencia y su espectro erótico. Describen la vida de una mujer, cualquier mujer: una campesina, una cortesana, una prostituta, ¿qué importa qué haya sido? Señalan su piel, sus anhelos, su dolor, su belleza, su ocaso.

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Bilitis es la mujer ennoblecida por su mortalidad, ese fracaso en el cual todos caemos. Ama como aman los dioses que saben su pérdida, y en esa plenitud el libro ilustra con suficiencia los goces de Eros. ¿Será el amor una ausencia? ¿Búsqueda y espera de lo amado? En este libro, Louys logra consolidar en varios escenarios y temporalidades una erótica que fluye hacia su hundimiento. Sí, vertiginoso, colmado por los obsequios del triunfo de la carne y la mortalidad. Bilitis, amante dichosa y sufriente. Sed, profundidad, desequilibrio, goce, sufrimiento, risa, nostalgia. Dones de pétalos, besos de musgo, vinos ocres sobre labios de fuego.

Demarcan estas canciones una intensidad expositiva contundente. Nunca decaen, nunca fatigan. La condensación de las palabras hacia una sutil tensión –el erotismo es siempre tensión– que modula el tiempo, el límite y la carencia. Bilitis representa la promesa de la vida, ondulante sucesión de ofrecimientos que se diluyen entre la carne y su evasión. Besos dados y perdidos conjugan el anhelo, esa liviana espera y sucesiva búsqueda diluida entre los días del fértil entusiasmo y las ruinas del alma abandonada. El amor, ese espectro que no cura el vacío de donde nace siempre: equívoca margen del cuerpo, inextinguible sed del espíritu. El amor se traduce en melancolía, en la presencia radical de nuestros límites.

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En los juegos, las caricias, las miradas, las dilaciones: la fragilidad de toda contemplación estética. ¡Qué efímero es el encuentro de la belleza! La poesía se moviliza en ese espectro corto que da vida en un instante, perdiéndose de repente. Se cuentan las noches de espera, se condensa el declive de la piel. ¡Qué estrechos son los márgenes por donde transitan quienes anhelan, quienes buscan como ella, quienes esperan un amanecer diferido al amparo de la luna!

Bilitis indica el ocaso hacia donde conduce el erotismo. En él la piel encuentra su marginal condición, también su triunfo, su efímero triunfo, el único quizá. El murmullo de la agonía sobre la cual el amor deposita sus ofrendas, su ruina –entre libaciones e incienso– y los besos encantados de un ritual pagano. La vida lo es.

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