Cattiaux: el filósofo de la otredad

La vida de Louis-Ghislain Cattiaux (1904-1953) fue como la de tantos otros artistas de su generación, dedicada incondicionalmente a su pintura y en busca de un espacio en el agitado ambiente vanguardista parisino de los años de entreguerras. Participó en concursos y certámenes, expuso en distintas salas, montó una galería de arte, Gravitations, y contribuyó a la gestación de un movimiento artístico, el Transhylisme.

Sin embargo, a los treinta y pocos años sus anhelos cambiaron, el artista dejó de interesarse por la pintura y se dedicó casi exclusivamente a la búsqueda del Absoluto –término utilizado por su biógrafo Bernard Dorival–. A partir de este momento la creación artística queda relegada a un segundo plano y empieza a describir su búsqueda esencial y substancial en lo que será su gran libro: El Mensaje Reencontrado o el reloj de la noche y del día de Dios (a partir de aquí: el Mensaje).

El Mensaje se convirtió en el centro vital de los últimos catorce años de la vida de Cattiaux, y, sin embargo, se resistía a publicarlo bajo su nombre pues, según aparece en uno de los más de seis mil aforismos que forman el libro, le fue dictado: “El Libro ha sido escrito bajo la inspiración del Espíritu. El autor es tan ignorante y está tan desprovisto terminándolo como lo estaba al comenzarlo” (Mensaje 37, 68) o también: “¿No nos hemos borrado en todas las circunstancias ante el esplendor de la luz del Único, a fin de no hacer sombra a la salvación de Dios?” (Mensaje 28, 3). Por este motivo a menudo comentaba que quería editarlo bajo el nombre de Louis Helouia; sin embargo, y según explicaba uno de sus más íntimos amigos, Charles d’Hooghvorst, no pudo hacerlo por presiones familiares.

El Libro habla a la intuición, al amor y a la memoria profunda y no a la inteligencia, a la voluntad y a la razón superficial de los hombres. “Lo que dice el Libro es grande, pero lo que induce en cada uno de nosotros es inconmensurable” (Mensaje 19, 3).

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Supuesto autorretrato de Cattiaux, que, sin embargo, poco tiene que ver con su fisionomía real, por lo que más bien parece mostrar su identidad interior

Si hemos aludido a la ambivalencia de la autoría del libro es porque, en cierto modo, este proceder es una continuación de la manera de actuar de los antiguos alquimistas que acostumbraban a firmar sus obras con seudónimos o, incluso, utilizando nombres de sabios ilustres para esconder la autoría real; explica Didier Kahn: “Los alquimistas siempre han recurrido a esta práctica próxima a la falsificación, que consiste en atribuir sus obras a autoridades que, en la Edad Media, fueron generalmente los grandes doctores del mundo intelectual: Alberto Magno, Tomás de Aquino, Guillermo de Ockham, Arnau de Villanova, etcétera”, de esta manera ocultaban al mundo su personalidad exterior. Otro motivo sería a modo de continuación del primer libro de Louis Claude de Saint-Martin que firmó como El filósofo desconocido, pues le fue dictado por un Agente desconocido.

Por eso denominamos a Cattiaux el filósofo de la otredad, ya que quien escribió el Mensaje fue alguien distinto al personaje Cattiaux. La sabiduría que está en el Mensaje es una docta ignorancia, según el término de Nicolás de Cusa, puesto que su autor no describe su saber particular, el de este-mundo, sino una vida distinta a la suya: la vida del mundo-por-venir.

Entre Louis Cattiaux y Louis Helouia existe una completa otredad. Dos realidades: la primera, la de Cattiaux, la ignorancia; la segunda, la de Helouia, la filosófica. Hablar de la primera es vano, la segunda, sin embargo alude al misterio que fundamenta todas las tradiciones espirituales: la palabra inspirada o la palabra del otro.

En la otredad está el mensaje del Mensaje. En la actualidad, cuando el individualismo de la inteligencia y la voluntad del ser humano es el motor de la sociedad, cuesta comprender este mensaje. Los prejuicios en relación a la otredad ahogan el misterio; así se ha llegado al punto de preferir hablar de esquizofrenia u otras patologías antes que de revelación, o incluso de inspiración.

¡Oh musas, oh altos genios, ayudadme! / ¡Oh memoria que apunta lo que vi, / ahora se verá tu auténtica nobleza! (Dante).

Los antiguos denominaron de diversas maneras la otredad que nos ocupa, aquí recogemos por proximidad histórica la que la masonería utilizó: el Verbum dimissum o “la palabra perdida”. René Guénon explica el sentido: “Es sabido que en casi todas las tradiciones se alude a algo perdido o desaparecido que, sean cuales sean las formas con las que se lo simboliza, tiene en el fondo siempre el mismo significado; es ante todo la pérdida del estado primordial…“. Una realidad primordial que después de la expulsión del Paraíso permanece oculta en el interior del ser humano y que sólo puede ser desvelada por el don del Espíritu celeste.

Cattiaux se refiere a este estado perdido, que es el yo profundo e íntimo de todo ser humano, llamado también divino en varios versículos del Mensaje, por ejemplo cuando escribe: “Muchos están dormidos hasta el punto de olvidarse en ocupaciones vanas o siniestras, y muy pocos están lo suficientemente despiertos como para buscarse en los libros santos y encontrarse bajo el velo de la creación mezclada” (Mensaje 18,35), o: “Los que rechazan el Libro rechazan su propia vida sin saberlo…” (Mensaje 24, 20).

El Mensaje surge de esta raíz original oculta en el hombre que, cuando despierta, se convierte en el propio mensaje. En el versículo 4 del libro 35 se puede observar un añadido autógrafo a la primera prueba pasada a máquina en el que se vincula el encuentro del Único con convertirse uno mismo en Mensajero Reencontrado. Dice así: “… penetrando hasta el centro secreto, cada uno será unificado en la unidad del Único y se convertirá en Mensajero Reencontrado”. Extraordinaria sutileza para explicar quién es el otro: aquél que conoce la Unidad de lo divino en el interior del hombre y lo divino que está fuera de él.

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Hemos llamado a Cattiaux el filósofo de la otredad, pues no describe su realidad caída sino aquella paradisíaca que es lo propio del ser humano, ya que es su realidad esencial y sustancial. No es Cattiaux quien escribió el mensaje sino el Dios despierto, la interioridad, una divinidad que languidece en cada hombre, y de la que podría decirse que una vez despierta por la gracia celeste es lo propiamente humano. El hombre occidental ha borrado también lo propiamente humano al rechazar al Dios de las religiones exteriores. ¿Cómo separar a Dios del hombre y al hombre de Dios? Sólo cabe entender que es por el peso extremo de la ignorancia que niega la otredad en quienes somos.

El verdadero despertar religioso no es un conocimiento abstracto fundado en el pensamiento ni es un sentimiento ciego. En ese despertar comprendemos con todo nuestro ser la profunda unidad que está en la base del conocimiento y de la voluntad. Se trata de una clase de intuición intelectual, de un asir profundo de la vida. La espada de la lógica no puede penetrarla y el deseo no puede modificarla. Ese despertar es la base de toda verdad y de todo contento. Aunque sus formas varían, todas las religiones contienen en el fondo necesariamente esta intuición fundamental. Y la religión debe existir como fundamento del saber y de la moral que nacen por obra de la religión (Kitaro Nishida).

Una serie de tres versículos muestra claramente la otredad del Mensaje: “¿Quién ha escrito el Libro verdaderamente? El mismo. Él. Y ¿quién lo lee en verdad? El mismo. ÉL” (Mensaje 32, 11). Como se puede comprobar en la imagen, el texto combinado con la disposición original es más que elocuente:

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Louis Helouia convirtió el pronombre LVI (ÉL, en castellano) en el nombre del Dios que dictó el Mensaje. El Mensaje está dedicado “A la gloria de Dios y al servicio de los hombres…”, el nombre “Dios” va acompañado de un asterisco que remite a una nota a pie de página en la que se dice: “LVI: El fuego secreto que suscita los Universos, que los mantiene y que los consume”.

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3 comentarios en “Cattiaux: el filósofo de la otredad

  1. Este ed el principio fundamental de la metafísica Dios ,nuestro Yo intimo,nuestro yo profundo, la espiritualidad del ser humano .No lo critico porque Comulgo con esta filosofía

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