Beethoven y Wagner: entre la música y el pensamiento

En este accidentado 2020 se cumplen 250 años del nacimiento de uno de los más grandes genios musicales de la historia, el maestro romántico Ludwig van Beethoven (1770-1827). Pocos músicos han conseguido, a través de los tiempos, cautivar por igual a los más exigentes eruditos y críticos, a los melómanos y a las masas populares. Por si fuera poco, en su música hay mucho de pensamiento, de filosofía, de reflexión. 

Y es que la música del genio de Bonn provoca en quien la escucha un muy singular embrujo, una emoción difícil de sortear, y supuso nada menos que el puente entre el Clasicismo musical y el más vehemente Romanticismo. Siempre existirán dudas sobre el año exacto de su nacimiento, aunque parece fiable que fue bautizado el 17 de diciembre de 1770. Lo más probable es que su padre, al igual que otros progenitores de la época de niños prodigio, habría deseado que pareciera más joven de lo que era, razón por la que el propio Ludwig creyó durante mucho tiempo haber venido al mundo en 1772.  De hecho, en 1783 se dirigió en carta a Maximiliano Federico (Elector de Colonia), con estas palabras, tan llamativas para un niño que no debía pasar de los once o doce años de edad y que es necesario reproducir, pues en ellas ya se husmea la temprana pero muy fuerte e irrenunciable vocación de Beethoven:

“Alteza, desde mis cuatro años ha sido la música la actividad preferente de mi vida. Me familiaricé desde muy pronto con la dulce musa, que prendaba mi alma de puras armonías, y que llegó así a ser mi inspiradora; a su vez, comprobé con frecuencia que ella también me amaba. Acabo de cumplir once años, y no resulta infrecuente que en los momentos de inspiración mi musa me susurre al oído: ‘¡Intenta hacer descender, por medio de la escritura, las armonías que impregnan tu alma!’. ¡Once años! –pensaba yo–, ¿cómo podría convertirme en autor?, ¿qué dirían de mí los artistas? Me sentí cohibido, pero mi musa lo ordenaba. Y así, la obedecí y escribí”.

Los numerosos testimonios que nos han quedado sobre el Beethoven más humano coinciden en su carácter introvertido, poco dado a preocuparse por las amistades o las relaciones sociales, aunque, cuando trataba con los demás, siempre se mostró (hasta que llegara definitivamente su sordera) atento y amable, si bien sus formas eran algo rudas, al igual que su manera de vestir, siempre descuidada. Relata Gottfried Fischer, quien convivió con él, que “sus momentos más felices eran aquellos en los que se liberaba de la compañía de sus padres –lo cual no sucedía muy a menudo–, cuando toda la familia estaba fuera y se quedaba solo. De este modo progresó tanto que a los doce años ya se inició como compositor y a los quince años fue nombrado organista”.

Un dato curioso es que, debido a su aspecto, desde jovencito se le comenzó a llamarder Spagnol, “el español”, ya que era bajito y algo grueso, ancho de espalda, con el cuello corto y una cabeza prominente, la nariz redondeada y, sobre todo, una tez muy morena que llamaba mucho la atención. Una fisionomía sin duda llamativa para alguien oriundo de Bonn. Poco a poco, y a medida que crecía en conocimientos y destreza, su talento fue cobrando celebridad y llegó a hacerse famoso entre todos los melómanos de la época, que acudían a visitarle desde muy lejanos lugares del extranjero. A los doce años ya había comenzado a ayudar a su profesor con el órgano y ejercía como cimbalero en la orquesta de la ópera. 

Quienes le rodeaban, que ya le llamaban “el joven genio”, comenzaron a ser conscientes de su sobresaliente talento, y Beethoven empezó a sentir una febril necesidad por viajar y ampliar horizontes. Gracias a algunas ayudas del mecenazgo de la época, uno de sus primeros periplos le condujo a Viena, en 1787, nada menos que ante la presencia de Mozart. Beethoven era apenas un adolescente. Fue presentado ante el genio de Salzburgo, y ante él tocó algunas piezas preparadas para la ocasión. Mozart no se asombró en absoluto. Pero Beethoven comenzó a improvisar, y fue entonces cuando la atención del por entonces emperador de la música europea prestó atención a aquel joven. Antes de abandonar la sala, Mozart confesó a unos amigos: “No le perdáis de vista, algún día dará que hablar al mundo”. La leyenda comenzaba así a forjarse.

La música, escribió Arthur Schopenhauer (1788-1860), es el reflejo de lo en sí del mundo, de la voluntad; la música nos narra la historia interna y más secreta de ese motor que todo lo mueve y que vemos presente en toda la realidad. Para Schopenhauer, la música se diferencia del resto de artes porque no es una simple reproducción de los fenómenos, sino la objetividad más fidedigna de la voluntad, de la cosa en sí, del elemento más recóndito que se esconde tras todo acontecimiento. El propio Schopenhauer dedicó un párrafo a su compatriota que merece la pena leer por entero (Capítulo 39 del segundo volumen de El mundo como voluntad y representación): 

Si ahora echamos un vistazo a la música meramente instrumental, en una sinfonía de Beethoven se nos muestra la máxima confusión basada, sin embargo, en el más perfecto orden, la lucha más violenta que en el instante inmediato se configura en la más bella concordia: es la rerum concordia discors [concordia discordante de las cosas], una reproducción fiel y completa de la esencial del mundo, que rueda en una inabarcable confusión de innumerables formas y se conserva mediante la perpetua destrucción de sí mismo. Pero, a la vez, desde esa sinfonía hablan todas las pasiones y afectos humanos: la alegría, la tristeza, el amor, el odio, el horror, la esperanza, etc., en innumerables matices pero sólo in abstractoy sin especificación: es su sola forma sin contenido material, como un mero espíritu del mundo sin materia. Desde luego, al oírla tendemos a realizarla, a revestirla de carne y hueso en la fantasía y a ver en ella escenas de la vida y de la naturaleza. Pero eso, tomado en su conjunto, no facilita su comprensión ni disfrute; antes bien, le da un añadido ajeno y arbitrario: por eso es mejor captarla en su inmediatez y pureza. 

Beethoven también sostuvo esta postura, y llegó a afirmar que ninguna filosofía sería jamás capaz de expresar con palabras y conceptos lo que una melodía es capaz de transmitir a través de sus idas y venidas melódicas, mediante esa “concordia discordante de las cosas” a la que se refiere Schopenhauer. La música, tanto para el filósofo como para el músico, hijos de una misma época, desprende un sentido, alberga una significación y, por tanto, su naturaleza es simbólica. La música, a fin de cuentas, expresa la esencia última del mundo. Y, como el mismísimo Beethoven dejó escrito, esa expresión única requiere una buena dosis de resolución:

¡Actúa en lugar de suplicar! ¡Sacrifícate sin guardar esperanza de gloria ni recompensa! Si quieres conocer los milagros, hazlos tú antes. Sólo así podrá cumplirse tu particular destino.

El dominio de Beethoven a lo largo de toda la época romántica y postromántica fue atronador. Nadie pudo disputarle la hegemonía musical; todo se medía en términos de su música, sólo había antecesores o prolongadores de su obra. Se convirtió en la vara de medida de los Elíseos melómanos. Todos se declaraban hijos del genio alemán, espíritus emanados del hálito melódico de Beethoven: desde Robert Schumann a Franz Liszt, o los enfrentados Brahms y Wagner, a Hanslick o Bruckner. Como apuntó Eugenio Trías en su imprescindible libro El canto de las sirenas, “Beethoven es el fundador de una verdadera iglesia que en él tuvo su Paráclito, y en su música su Pentecostés. […] Esta iglesia tuvo en la “Oda a la Alegría” de la Novena sinfoníasu canticum novum”. El joven Ludwig fundó así una “comunidad espiritual” que iba más allá de la música, que impregnó el pensamiento de toda una época, y que no se eclipsó hasta la entrada de las neovanguardias, bien entrado el siglo XX, cuando se redescubrió el papel fundamental de otros genios como Bach, Haydn o el propio Mozart.

El funeral de Beethoven fue apoteósico. Según un emocionante testimonio contemporáneo, y tras haber recibido el cadáver la debida bendición, “cuando el espléndido coche fúnebre, tirado por cuatro caballos, partió con la exánime arcilla dejando atrás a la muchedumbre alineada, lo escoltaban más de doscientos carruajes”, a los que hay que sumar las decenas de miles de personas que se dieron cita para despedir al espíritu de una época, que, a través de la música, descendió al mundo para dejarnos un legado musical y emocional imborrable. Como reza la oración fúnebre de Franz Grillparzer, “Era un artista: y ¿quién vendrá que pueda estar a su altura? Como la bestia embravecida que desdeña las olas, así vagó él hasta los últimos confines de su arte, lo recorrió y captó todo. Aquel que venga detrás de él no podrá ser su continuador; habrá de empezar de nuevo”. Y concluye: “Se apartó de la humanidad después de darle todo y no recibir nada a cambio. Vivió en soledad porque no encontró a otro como él. Pero, hasta el final, su corazón latió con afecto hacia todos los hombres, con cariño paternal hacia sus semejantes, entregado al mundo en cuerpo y alma”.  Como el propio Beethoven escribió: “Jamás rompas el silencio si no es para mejorarlo”. Una máxima que llevó hasta sus últimas consecuencias, teniendo en cuenta que, como también apuntó, “la música encierra una revelación mucho más alta que cualquier filosofía”. 

Por su parte, Richard Wagner (1813-1883) revolucionó, después de Beethoven (a quien admiró profundamente) el panorama musical del siglo XIX con sus composiciones operísticas, impregnadas de un irreprimible componente reflexivo. Tras cada uno de sus compases y pentagramas hay pensamiento. Él mismo escribió en su autobiografía, Mi vida: “Siempre me tentó el querer desentrañar las profundidades de la filosofía”. Lo hizo a través de las notas que imaginó.

Música y filosofía han estado estrechamente unidas desde el comienzo de los tiempos. El componente simbólico de la música puso en contacto al ser humano, desde muy temprano, con un mundo al que no pueden acceder las palabras ni los conceptos. Así lo creyó también Beethoven y, también y algunos años más tarde, Richard Wagner, compositor hondamente emparentado con el pensamiento de Arthur Schopenhauer, a quien tuvo por maestro y en cuyas convicciones se inspiraron varias de sus óperas. Por añadidura, tanto Wagner como su esposa Cosima mantuvieron una intensa y finalmente turbulenta relación personal con otro de los genios filosóficos de su tiempo, Friedrich Nietzsche (1844-1900).

Fue Wagner el único de los grandes compositores que no sólo se acercó a la filosofía como adorno o aderezo para componer, sino que la estudió con hondura, sumo interés y seriedad durante largo tiempo. Nunca fue un interés paralelo, fugaz o puntual, sino constante, sincero y duradero, lo que queda patente en la indiscutible influencia que sobre él ejercieron los pensadores a quienes leyó en la confección de sus libretos y composiciones. No sólo la filosofía, sino también la política preocupó (y ocupó) a Wagner: desde una posición más o menos revolucionaria, socialista (¡compartió barricadas en 1849 con el mismísimo Bakunin!), evolucionó a un desencanto cada vez mayor que le condujo a acoger filosofías que diferían con el carácter del Wagner más joven y agitado. Aunque, hay que decir en contra de lo que suele sostenerse, que el músico no dio ni mucho menos un giro a la derecha, sino que quedó francamente desilusionado de la política misma, a la que, al fin, no tuvo como la solución en la que, en sus años de juventud, había depositado su confianza. Nunca fue un conservador. Su evolución fue más bien filosófica, en tanto que se elevó de tesis políticas a otras eminentemente metafísicas.

De lo que no cabe duda es que el compositor de Leipzig conformó a lo largo de toda su existencia, y luchó por conformar, una completa y satisfactoria Weltanschaaung o cosmovisión del mundo. Por ejemplo, no dudó en defender, apoyado en tesis schopenhauerianas, un respeto máximo por los animales no humanos. Wagner creía firmemente en la unidad indisoluble de todo lo vivo, un pensamientos que puso a la base de su vegetarianismo. No hay más que escuchar su Parsifal para caer en la cuenta de ello. De hecho, Wagner siempre vio en la música un válido instrumento, el más capaz, para comunicar a la sociedad en su conjunto algunas verdades que no podrían transmitirse con la misma efectividad a través de la palabra. El arte auténticamente serio, sostenía, ha de revelar a los seres humanos las más fundamentales verdades de su naturaleza. Una naturaleza que en su juventud consideró social y que, a lo largo de los años, fue derivando hacia una posición más espiritual. En cualquier caso, y a pesar de sus desencantos, nunca abandonó su talante moderadamente optimista, o sería mejor decir vigoroso, que le invitaba a pensar en una mejora progresiva del ser humano hasta que fuera posible una vida en plenitud y comunión con nuestro entorno. 

Entre los más eminentes compositores de ópera, Wagner fue el único que escribió sus propios libretos. Esto da una talla de su altura intelectual y de su potencia creadora. Siempre consideró la ópera como una variante del drama, cuyo medio principal de expresión es, sin embargo, la música, y no la palabra. No así lo entendió su maestro filosófico Schopenhauer (a quien nunca llegó a conocer en persona); el gruñón de Danzig llegó a despotricar contra la ópera wagneriana por considerarla un monstruoso engendro en el que, precisamente, la palabra cobra excesivo protagonismo y deja a un lado el aspecto más musical o melódico. Cuando Wagner envió por correo a Schopenhauer parte de su ciclo del Anillo, recibió este mensaje de vuelta, transmitido por Franz Arnold Wille (periodista político y amigo personal de Wagner): “Dele las gracias de mi parte a su amigo Wagner por el envío de sus Nibelungos, pero dígale también que deje el oficio de músico; tiene más genio como poeta. Yo, Schopenhauer, permanezco fiel a Rossini y a Mozart” (testimonio de abril de 1855). El tiempo no daría la razón al filósofo, y Wagner acabaría por convertirse en uno de los más célebres y reconocidos compositores de la historia de la música, destacado precisamente por la fuerza dramática de sus óperas. Wagner, en cambio, permaneció siempre fiel a los dictados de Schopenhauer hasta el fin de sus días, sobre todo en lo referido a la ascética y su teoría de las artes.

Pero, al contrario de lo esgrimido por el Buda de Frankfurt en su lúcida vejez, nada más lejos de la intención de Wagner, quien creyó firmemente en la potencia evocadora de la música para superar toda limitación de la palabra. Así lo perfiló en uno de sus textos más célebres (además de sobresaliente músico y escritor dramático, Wagner fue un prolífico ensayista): “A diferencia del poeta, el músico tiene la obligación de extender su punto de concentración a la plenitud máxima, según corresponde al ámbito de su contenido afectivo”. De hecho, en su autobiografía, al referirse a su adolescencia, recuerda:

Era yo casi tan deliberadamente indiferente hacia los versos como hacia la dicción poética. No deseaba convertirme en un poeta de renombre; me había convertido de hecho en un ‘músico’ y un ‘compositor’. Tan sólo quería escribir un libreto aceptable, pues entonces me percaté de que nadie más podría hacerlo en mi lugar, por el hecho de que un libreto de ópera es algo único en sí mismo, algo que ni poetas ni escritores pueden llevar a feliz término. 

Tras su ruptura definitiva con Friedrich Nietzsche, cuyo carácter y fuerza Wagner admiraba –sin simpatizar con sus ideas–, es después de 1854 cuando el músico se decanta definitivamente por la filosofía “redentora” schopenhaueriana, por la que Richard Wagner quedó del todo subyugado. Así lo confiesa en Mi vida: “No cabe ninguna duda de que fue, en parte, la seria disposición mental surgida a raíz de mis lecturas de Schopenhauer –que entonces estaba exigiéndome que expresara, fascinado, sus rasgos fundamentales– la que me dio la idea de Tristán e Isolda”. Es así como el ferviente revolucionario de la época juvenil pasa a formar parte de una liga distinta: la liga metafísica. De intentar salvar el mundo mediante la rebelión y la revolución pasó a rechazarlo en sus más denigrantes aspectos, decepcionado y convencido de que nada puede cambiar. 

Entusiasmado, Wagner confiesa que llegó a leer hasta cuatro veces en un mismo año El mundo como voluntad y representación, lo que dio como resultado su ópera Sigfrido, quizá la más schopenhaueriana de todas. Fue este el punto de desencuentro entre Nietzsche y Wagner; el filósofo rompe con el músico porque le consideró un partidario más de las ideas cristianas, proclives a asentarse –a juicio de Nietzsche– en una débil resignación. Aunque Wagner, desde luego, no lo veía así:

¿Qué hay de mi relación con la filosofía de Schopenhauer, cuando yo era completamente griego, un optimista? Pero admití lo difícil, y de este acto de resignación resurgí diez veces más fuerte. 

Ese “admitir lo difícil” alude a la convicción wagneriana de que, en el mundo, todo sucede bajo la máxima latina: eadem sed aliter, es decir, “lo mismo pero de otra manera”. El auténtico héroe no es el que lucha contra el mundo, sino el que logra sobreponerse a él. Al contrario de lo que consideraba Nietzsche, Wagner sostenía que la filosofía schopenhaueriana requiere de un heroísmo muy alejado del que pregonaba alegremente Zaratustra (con su superhombre siempre en la boca), pues quien asume el pensamiento de Schopenhauer ha de bregar de continuo con una concepción “profundamente dolorosa de la naturaleza del mundo”. Disfrutar y escuchar las óperas de Wagner es escuchar, de algún modo, filosofía: todo su pensamiento –biográfico, existencial y erudito– se encuentra plasmado en sus grandes obras dramáticas. Un músico que fue, también e igualmente, filósofo, y que consideró la melodía como el auténtico trasunto del alma humana, que queda expresada en la inefable tensión ejercida entre palabra y música. La música, a fin de cuentas, no es más que una filosofía que ha despreciado su naturaleza dialéctica o conceptual y se ha convencido de la necesidad de expresarse a través de un nuevo lenguaje, universal y global: la ópera.

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