El pesimismo como eficaz antídoto en el mundo de la dictadura de la felicidad

Una de las cuestiones a las que el ser humano se ha enfrentado desde los albores de los tiempos es la de su condición intrínsecamente moral. El mal y el bien son categorías que, si bien comenzaron a estudiarse con cierta profundidad con la aparición del pensamiento filosófico en la Antigüedad clásica griega, han inquietado nuestro ánimo en diversas circunstancias y que han hecho, a la vez, que el ser humano se posicione anímica, emocional e incluso biológicamente hacia uno de ambos polos en las diferentes cuitas en las que la vida lo sitúa.

Es en este particular combate, en el que, al decir de Dostoievski, tiene lugar la lucha entre Dios y el Diablo en el corazón humano, entre el bien y el mal, en el que se hace necesario repensar en términos antropológicos, a través de la filosofía y la literatura, el natural ahínco por el que sendos conceptos se reconvierten en posturas enfrentadas: optimismo y pesimismo. Aquí entendemos por pesimismo una sana y sensata manera de enfrentar la realidad, teniendo en cuenta que el optimismo es ya suficientemente estudiado y proclamado por la fiebre editorial causada por los llamados libros de autoayuda (propiciada por la dañina psicología positiva), en los que se presupone, sin ningún tipo de ambages, que estamos diseñados e incluso programados genéticamente para un progresivo ascenso hacia lo mejor, sin tener en cuenta, en múltiples ocasiones, la estacionaria condición humana, siempre agitada por avatares de todo tipo que nos hacen vagar, como escribió el filósofo madrileño José Ortega y Gasset, a la manera de un náufrago que busca tierra firme.

Ya Epicuro, un filósofo por lo general mal estudiado y que desde muy pronto fue condenado por la tradición cristiano-platónica como un valedor del desmedido placer corporal, indicó que la palabra del pensador que no remedia las dolencias anímicas del ser humano resulta ser una palabra vana, vacua: la filosofía fue así planteada como hermana de la medicina; mientras ésta curaba el cuerpo, aquélla se ocupaba de los dolores del alma. No otra cosa, bien entendida en términos etimológicos, es la psico-logía, la ciencia que se ocupa del alma. Por su parte, escribía el emperador filósofo, Marco Aurelio, refiriéndose a nuestra condición mortal: “¡Cómo en un instante desaparece todo: en el mundo, los cuerpos mismos, y en el tiempo, su memoria!” (Meditaciones, 2, 12). Nuestro horizonte finito nos empuja –por una cuestión de empobrecimiento a la que nuestra época ha de enfrentarse sin más dilación– a reformular aquellas categorías morales tradicionales, aquella polaridad entre el bien y el mal.

Si hoy el pesimismo tiene una tarea es la de desmitificar aquel binomio bien/mal, redescubriendo los vacíos, las zonas oscuras, los “abismos del ser” –por emplear una bella expresión de María Zambrano– sin reducirlos a categorías morales, sino, sin más, refiriéndolos a escenas existenciales que a todos nos repercuten en nuestro cotidiano vivir. Para entenderlo con un claro ejemplo podemos referirnos al desaforado sistema de producción neoliberal: nada de cuanto hagamos para intentar hacer de nuestro mundo un lugar mejor, al menos en Occidente, se llevará a cabo sino en el seno, en el meollo mismo, de ese mismo capitalismo neoliberal; aun teniendo la intención de hacer el bien, podemos crear mal. A diario consumimos plásticos y productos no biodegradables a niveles inasumibles, contaminamos el aire que respiramos al desplazarnos con nuestros vehículos privados, etc.; en el primero de los casos puede que estemos llevando a cabo una tarea tan aparentemente inocente como hacer la compra (envasada mayoritariamente en plásticos que contribuyen a la contaminación de la Tierra) y, en el segundo, algo tan palmariamente necesario como desplazarnos a nuestros lugares de trabajo. Sin embargo, paradójicamente y a la vez, mientras realizamos tales acciones podemos estar del todo comprometidos con la posible mejora de nuestro planeta o concienciados con el cambio climático, si bien, al mismo tiempo, llevamos a cabo actos que repercuten negativamente en el contexto general de nuestro quehacer diario. Vivimos (en) una auténtica y desgarradora esquizofrenia sociológica y antropológica en la que ya no podemos ser salvados por la justificación y la tranquilidad que nos aportaban la inclinación por la bondad o la maldad. El escandaloso ascenso de casos de ansiedad, depresión, psicosis y trastornos de personalidad de todo tipo en los países desarrollados dan cuenta de hasta qué punto el sistema global puede repercutir –y de hecho repercute– en el estado de los individuos que componen las distintas sociedades. No poco ha tenido que ver en ello la hedionda y peligrosa dictadura de la felicidad.

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Pintura de Alfred Kubin

Este tipo de circunstancias, innegables a las alturas de este ya avanzado siglo XXI y en absoluto banales, nos obliga a replantear no sólo las mencionadas categorías morales con que solemos afrontar e investigar nuestra realidad, sino que nos impele a situarnos frente a ellas de un modo distinto, bajo el peso de que el bien y el mal no son las únicas herramientas que debemos emplear para evaluar lo que sucede. Precisamente porque, como ya indicara H. P. Lovecraft, el miedo es la más antigua y poderosa de todas nuestras emociones, y que, entre todos nuestros miedos, el más atroz e inconmensurable es el que nos lanza a lo desconocido, el pesimismo lucha por enseñarnos a habitar en esa zona oscura, indeterminada e incluso en ocasiones infranqueable no habitada de manera clara por el bien o el mal. El pesimismo resitúa nuestra circunstancia, la cuestiona y reinterpreta, al contrario que el optimismo tan en boga en nuestros días, que nos invita a aceptar la realidad tal y como es para, desde ella y con ella, conducirnos hacia un presunto mundo mejor en lo personal y en lo social. Mientras el optimismo se mueve en la bifurcación bien/mal, el pesimismo aletea fuerte sus alas y propugna una sana rebelión contra lo establecido, nos convierte en una Sylvia Plath cuando, en su bello poema “Olmo” (perteneciente a su poemario Ariel), aseguraba que “Me aterroriza el algo oscuro / que duerme en mi interior”. Ese resto, ese algo oscuro (this dark thing), no nos deja inermes, sino que, al contrario, puja por adentrarnos críticamente en la realidad, de manera que podamos –y nos veamos obligados a– repensarla y reexpresarla en términos entendibles a las circunstancias del presente, que no caben, como se viene defendiendo, en el estrecho y consolador lazo formado por el bien y el mal.

Por tanto, es urgente un estudio filosófico, literario, antropológico al fin y al cabo, dedicado al porqué del pesimismo y de su utilidad en la actualidad. La existencia del mal y el asombro ante él, ante la conciencia del mal propio y del ajeno, es un problema arraigado en la naturaleza del ser humano. Los ya mencionados libros de autoayuda parecen albergar un tan extraño como llamativo afán por negar el dolor, por ocultar nuestra condición en ocasiones desgraciada y desamparada, mientras afirman que siempre se puede mejorar, al abrigo de una inocente sospecha de que una suerte de providencia vela por nosotros y por la satisfacción de nuestros deseos (se puede recordar, a este respecto, el best sellerde Rhonda Byrne, El secreto, y su “ley de la atracción”). Ni la historia de la filosofía en su generalidad, ni así, tampoco, la de la literatura, ha procedido de este modo. Desde muy pronto, ambas disciplinas se convirtieron en un modo de transitar y, más aún, de aceptar, nuestra condición doliente, en tanto que ambas se interpretaron como un continuo aprendizaje en el camino que conduce del nacimiento hasta la muerte. Ninguna filosofía, ni siquiera las de signo más optimistas (por ejemplo, la vía de Leibniz y su creencia en el mejor de los mundos posibles), ha prescindido de la creencia de que la felicidad, ese constructo tan escurridizo, se obtenga sin esfuerzo o fácilmente. Dos referencias son suficientes en este sentido: el kein Sieg ohne Kampf de Arthur Schopenhauer (“no hay victoria sin lucha”), lema de su pensamiento y regidor del funcionamiento de la naturaleza, y aquella bella expresión de Fernando Pessoa en la que aseguraba que “Si el corazón pensara, se pararía”.

Vivimos en y sobre una falta de suelo, de fundamento sólido, y sólo a través de la libre asunción de la existencia del mal, de la desgracia propia y ajena, podemos alcanzar una existencia libre de engaños, cabal y responsable. Pues la libertad sólo la constituye el ahínco y, finalmente, la convicción de vivir con las botas enfangadas en la incertidumbre.

Si, para terminar, volvemos a Marco Aurelio y a sus fundamentales Meditaciones, leemos: “¡Cómo es todo lo sensible, y especialmente lo que nos seduce por placer o nos asusta por dolor o lo que nos hace gritar por orgullo; cómo todo es vil, despreciable, sucio, fácilmente destructible y cadáver!”. Y concluye: “¡Eso debe considerar la facultad de la inteligencia!” (2, 12). Todo un emperador romano, rodeado de las más excéntricas comodidades, pero también curtido en el campo de batalla y conocedor de los males que acechaban a su pueblo, no temía a la muerte, a lo finito de nuestra condición, sino que, lejos de lastimarse por ello, lo situaba como objeto obligado de reflexión. Nuestro intelecto, antes que nada, ha de contemplar el mal y la maldad, a la conciencia de desamparo frente a nuestro seguro final, y no obviarlo, sino pensarlo y, finalmente, aceptarlo. No otra cosa fue el estoicismo defendido por este egregio personaje.

Alfred Kubin La llama eterna

Pintura de Alfred Kubin

El sufrimiento y la desgracia son constitutivos de la existencia humana; la muerte, de hecho, nos es esencial (al contrario del caso de los dioses, algo que los griegos de la Antigüedad tenían muy claro), lo que conduce ineluctablemente a la conciencia del paso del tiempo. Si algo caracteriza al ser humano es la posibilidad constante de parar mientes en los acontecimientos pasados y trazar planes futuros. Entre ambos extremos se sitúa un presente que muy a menudo se nos escapa en tanto que hacemos de lo que no existe materia de nuestra reflexión. Tal fue el imperativo que nos legó el sabio Marco Aurelio.

El pesimismo se instala en este fondo que, sin poder sentirse claramente, se vislumbra y presiente. El pesimismo no es un simplón fatalismo, sino que requiere de una gran capacidad de análisis y, en lo existencial, otorga fuerza y serenidad, pues sitúa al ser humano en el reino que le pertenece, el de la mortal tierra. Es, además, el momento en el que la filosofía y el pensamiento en general se enfrentan a su propia posibilidad: ¿cómo nos resulta posible seguir no ya viviendo, sino pensando, ante la presencia del mal? Numerosas han sido las respuestas desde antiguo, desde interpretaciones eminentemente mitológicas (Grecia clásica, estamos sujetos a los caprichos divinos), pasando por las más puramente teológicas en la época medieval, hasta la mencionada Modernidad, en la que se dio una salida existencialista desde el cuestionamiento del lugar y el papel de los individuos en su circunstancia.

Es entonces el pesimismo, ante todo, la necesidad de pensar un universo que en absoluto ha sido confeccionado por y para nosotros. No otro es el abismo que nos plantea. Aunque, instalados entre dos orillas, siguiendo la metáfora de Hölderlin, la de la segura pérdida de la vida y la del frágil hilo del que depende nuestra existencia, aparece una curiosa protagonista que ya nombró con insuperables palabras nuestra Rosalía de Castro en Orillas del Sar:

Tras de inútil fatiga, / que mis fuerzas agota, / caigo en la senda amiga, donde una fuente brota / siempre serena y pura, / y con mirada incierta busco por la llanura / no sé qué sombra vana o qué esperanza muerte, / no sé qué flor tardía de virginal frescura / que no crece en la vía arenosa y desierta.

La esperanza, esa flor azul que ya Novalis intentó encontrar incluso en la prematura muerte de su amada, Sofía, es nuestra arma, también la del pesimista, para arrostrar un mundo que continuamente, en lo singular y en lo plural, nos da la espalda. La esperanza es el agua que impide que esa “vía arenosa y desierta” a la que Rosalía se refiere con aires que tanto recuerdan a la tajante prosa de Teresa de Jesús, es la savia que, henchidos de sufrimiento, recompone nuestros doloridos pies y ayuda a transportar la dolorosa carga de las emociones pasadas, presentes y por venir. Por eso, en la misma obra, Rosalía de Castro refiere una curiosa paradoja; y es que si la esperanza puede socorrernos en los momentos de más adusto apuro, también nos alerta de que, quizá, sea imposible reconciliar esa misma esperanza con las cuitas de la vida, que procura una “sed eterna” de algo innombrable:

No maldigáis del que ya ebrio corre a beber con nuevo afán; su eterna sed es quien le lleva hacia la fuente abrasadora, / cuanto más bebe a beber más. / No murmuréis del que rendido ya bajo el peso de la vida / quiere vivir y aun quiere amar, / la sed del beodo es insaciable, y la del alma lo es aún más.

Kubin Mann Mond

Pintura de Alfred Kubin

Esta esperanza se entierra, además, bajo una movediza tierra que debemos horadar, experimentar, en la que tenemos que hundirnos: la de nuestros continuos deseos, la de la voluntad. Leamos las palabras de Schopenhauer:

El eterno devenir, el flujo sin fin corresponde a la manifestación de la esencia de la voluntad. Eso mismo se muestra también en los anhelos y deseos humanos, que nos engañan al presentar su consumación como la última meta del querer; mas tan pronto son alcanzados, dejan de verse así y pronto se olvidan como algo anticuado, dejándolos a un lado como engaños que se han disipado, aunque no siempre se confiese así (El mundo como voluntad y representación, I, 29).

El deseo es pues algo insaciable, un puro juego en el que la esperanza actúa como valedora, como falsa garantía de un siempre momentáneo éxito. Es en este punto, en el de las querencias humanas, donde hace acto de aparición otro de los problemas a los que el pesimismo ha de enfrentarse: el Otro, lo ajeno de sí, lo que no somos nosotros mismos. Y en este caso, es Jean-Paul Sartre la referencia:

Por el hecho de la existencia ajena, existo en una situación que tiene un afuera y que, por este mismo hecho, tiene una dimensión de alienación que no puedo quitarle en modo alguno, así como no puedo actuar directamente en ella (El ser y la nada, IV, II, d).

Una cita que deja patente, en palabras del propio Sartre, que la “libertad sólo puede ser limitada por la libertad”, esto es, por la libertad del Otro. No sólo el mundo presenta continuamente trabas infranqueables, sino que nuestro encuentro con el individuo que no-es-yo nos expone, nos arroja, a la conciencia de nuestra limitación, de la finitud no sólo de nuestra vida, sino también y sobre todo de nuestra libertad.

4 comentarios en “El pesimismo como eficaz antídoto en el mundo de la dictadura de la felicidad

  1. Y cómo se puede lograr un mundo mejor dentro del comunismo o la Dictadura del Proletariado donde todo es miseria e infelicidad y da lo mismo todo? No crean nunca que esa pudiera ser la alternativa al Capitalismo o Neoliberalismo de Occidente.

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  2. Muchas gracias”Queridísima Lechuza de Atenea,otras gracias a la que vuela por aquí la lechuza de nuestras Pampas (Argentina) Por aquí el Neoliberalismo ha hecho Estragos. No todo está perdido ,por cierto.Pero,las promesas de Felicidad,el pensar la vida propia como una empresa (como una entidad comercial) y donde el “individuo”es su Amo,su gerente ;su ceo y donde casi todo es descartable se ha enraizado en el alma de nuestra tilinga y cada día más ignorante y frívola clase media…

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  3. Dos nonbres femeninos enrumban nuestro camino en el devenir, Sofía que nos da el saber para vivir y Esperanza, como aquella señal enigmática que en el desenlace entre el dolor y la felicidad pretende sobrevivir.

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