Un Nietzsche ilustrado: “No soy un hombre. Soy dinamita”

El 18 de enero de 1889, Friedrich Nietzsche es ingresado en la clínica psiquiátrica de Otto Binswanger, en la ciudad de Jena, aunque pronto lo darían por perdido y deciden enviarle a casa con el diagnóstico de “incurable”. Primero fue asistido en Naumburgo por su madre, Franziska, hasta que ésta muere en 1897 y, entonces, es su hermana Elizabeth la que se hace cargo del filósofo durante sus últimos años. El declive definitivo de este genio comienza el 3 de enero de 1889, cuando, en la Piazza Carlo Alberto de Turín, según nos ha sido relatado, Nietzsche abraza, desesperado y presa del llanto, a un caballo que estaba siendo maltratado por su jinete. Su íntimo amigo Franz Overbeck llega poco después en su busca desde Basilea, donde encuentra al pensador en un estado deplorable: “Vi a Nietzsche encogido en una esquina del sofá. Me observó y se abalanzó sobre mí. Prorrumpió en un torrente de lágrimas y después volvió a hundirse en el sofá, entre convulsiones”. La vida lúcida de Nietzsche había llegado a su ocaso.

El sello “La otra h”, de Herder Editorial, publica un bello y atractivo volumen ilustrado, a cargo de Ansgar Lorenz (ilustrador) y Reiner Ruffing (doctor en Filosofía), en el que podemos seguir, de manera amena e instructiva, el periplo biográfico e intelectual de Nietzsche de principio a fin. Un recorrido que, desde el principio, se ve truncado por la tragedia: primero, con la muerte del padre (cuando Nietzsche contaba cinco años) y, poco después, con el inesperado fallecimiento de su hermano pequeño, Joseph. Nietzsche se ve obligado a madurar a marchas forzadas y, desde muy temprano, comienza a reflexionar sobre su destino y el de todo cuanto le rodea. Con apenas diez años conoce muy bien la Biblia, era aficionado a la literatura y al arte y también empieza a escribir sus primeros poemas a los que llegó incluso a poner música.

Nietzsche ilustrado La otra h

A causa de estas duras experiencias y de su superlativo intelecto, llamó la atención de sus primeros profesores en la escuela de Pforta. El propio Nietzsche se sentía distinto de sus compañeros, lo que le condujo a encerrarse, en ocasiones, en la soledad. Como leemos en este fantástico libro ilustrado, Otto Benndorf (maestro por entonces del futuro filósofo) aseguraba: “Era sorprendente la gran erudición que poseía, no menor que la profunda comprensión que manifestaba hacia todas las cosas. También me acuerdo bien de su aspecto de entonces. Era un joven silencioso, meditativo, absorto, de una constitución no demasiado fuerte, del que resaltaban, entre otros detalles, sus largos cabellos”. Con 17 años Nietzsche descubre los versos de Hölderlin y queda fascinado por la música de Wagner, quienes ejercerían una gran influencia sobre su trayectoria intelectual.

En 1864 Nietzsche hace su examen de Bachillerato, en el que puntúa de manera mediocre, aunque destaca en alemán y latín. Ese mismo año inicia sus estudios en teología y filología clásica en Bonn, aunque en 1865 se traslada, por recomendación de su profesor F. W. Ritsch a Leipzig para decantarse, definitivamente, por la filología: “Estudiar las dos cosas es estudiar a medias”, se justificaba a sí mismo. Una decisión que causó gran estupor en su madre, que la tuvo por una desviación del sendero “divino”. Poco después topa con El mundo como voluntad y representación, la gran obra de Arthur Schopenhauer: en ese momento quedó sellada su vocación filosófica. El espíritu schopenhaueriano causó honda mella en el espíritu del joven Nietzsche, quien ya no se desprendería de esta tendencia por la reflexión hasta el declive de su cordura.

Tras cumplir en 1867 con el servicio militar en un batallón de artillería (se refugiaba en las trincheras rogando ayuda a su por entonces venerado Schopenhauer, de cuyas enseñanzas se separaría progresivamente), es nombrado catedrático de Filología Clásica en la Universidad de Basilea sin poseer siquiera el título de doctor, que le fue convalidado por algunos de sus artículos.  A pesar de ello, la mayor parte de sus alumnos encontraron en él un gran profesor, inspirador y contundente. También por aquellos días, en 1869, comienza su amistad con el compositor Richard Wagner, relación que, finalmente, acabaría de manera tormentosa.

Para conocer todo sobre Nietzsche, su vida y su pensamiento, este volumen completamente ilustrado de 94 páginas hará las delicias de cualquier asiduo lector del pensador de Röcken, y servirá como introducción, rigurosa pero muy entretenida y accesible, para todo tipo de público. Una colección en la que ya se ha tratado de Marx, Kant, Judith Butler o el asunto de la ética animal. Una privilegiada puerta de entrada al pensamiento filosófico muy recomendable.

 

Un comentario en “Un Nietzsche ilustrado: “No soy un hombre. Soy dinamita”

  1. La reciedumbre intelectual de Nietzsche radica en su irreductible vocación hasta morbosa por mostrar las miseria humanas de las que muchos recurren a los manidos edulcorantes.

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