Las “Andanzas de un inútil”: una figura romántica inmortal

Siempre resulta conveniente echar un mirada al pasado y retomar la lectura de los clásicos. Nunca defraudan. Nunca fallan. Por eso hay que acoger con admiración y entusiasmo la reedición, en un muy atractivo volumen y nueva traducción, de uno de los textos más universales y representativos del Romanticismo alemán, escrito por el célebre Joseph von Eichendorff (inspirador de músicos como Schumann, Brahms o Richard Strauss, y a quien Nietzsche leyó muy atentamente). Se trata de las Andanzas de un inútil, breve y muy enriquecedora novela aparecida por vez primera en 1826 que conforma uno de los relatos de formación (Bildungsroman) más bellos e inspiradores del siglo XIX.

Por añadidura, el título en alemán da nombre a la valerosa y recién creada Taugenit Editorial. Dicho título reza Aus dem Leben eines Taugenichts (literalmente, “Sobre la vida de un inútil”). El término “Taugenicht”, de tan plural como entretenida traducción, hace alusión a alguien que no sirve para nada, pero que, a su vez, reúne bajo su figura diversas notas, no todas del mismo signo: haraganería y holgazanería, futilidad, flaqueza o debilidad e incluso desamparo e incomprensión. Y, sin embargo y también, animosidad y valentía para vivir el presente con ilusión y ojos de continuo asombro. Como defienden aguerridamente desde Taugenit (cuyo equipo editorial lo forman profesionales de dilatada experiencia en el sector), es el provecho y conveniencia de lo aparentemente– inútil lo que ha de ser hoy puesto más que nunca en valor, a la vista de que un enfermizo afán de productividad y el ansia por ser competitivos prima en todos los ámbitos de la vida y que parece haberse olvidado la pausa y el sosiego como motores inspiradores para crear sentido a través de una meditada acción.

Andanzas de un inútil Taugenit Eichendorff

El libro se inicia con una conocida escena, que da el pistoletazo de salida a toda la historia: un padre que, harto de la flojedad con que su hijo afronta la vida, le explica a éste la necesidad de que vaya a conocer mundo y procurarse así los medios necesarios para subsistir por sí mismo. En ese momento, tirado plácidamente en el jardín de casa, el joven “inútil” ese “Taugenicht” (todo un héroe romántico de la cotidianeidad) cobra conciencia de su posición y decide alcanzar su propia independencia, a la par que se acepta tal y como lo que es, un auténtico holgazán. Es entonces cuando, convencido, toma su violín y, con algunas (muy escasas) monedas en el bolsillo, sale al mundo en busca de fortuna: a forjar su destino con sus propias manos.

–Bien –dije–, si soy un inútil me iré a ver mundo y a hacer fortuna. –Me agradaba ese proyecto. […] Así pues, no lo pensé: entré y descolgué de la pared mi violín, que tocaba con bastante destreza. […] Sentía una secreta alegría al ver por todas partes amigos y conocidos dirigiéndose a sus trabajos para cavar, arar, etc., como ayer, anteayer y todos los días, mientras yo levantaba velas. Me despecía de esa pobre gente, pero a nadie le importaba; sin embargo, mi corazón rebosaba de júbilo.

Andanzas de un inútil Taugenit

La reedición de la novela (que se lee en apenas un suspiro) llega acompañada, además, de un concentrado y muy acertado prólogo de la prestigiosa escritora Espido Freire. Todo un acierto que hace más actual, si cabe, el relato de Eichendorff. En dicho prólogo leemos estas sugerentes palabras de Freire, que invitan a la lectura del libro:

Esta edición es particularmente relevante: los tiempos de prisas requieren lecturas con calma, donde la novela no sea un espejo a lo largo del camino, sino una ventana abierta a ese propio camino. La confianza del narrador resulta contagiosa, la certeza de que nada puede salir mal por mal que parezca acaba atravesando la novela como un hilo rojo que une al lector, al escritor, y a los niños que ambos fueron en algún momento: los que se perdían ante las flores del jardín o ante el descubrimiento de sus propias manos.

Una historia a la que volver una y otra vez, que transmite un radiante (pero no facilón ni impostado) optimismo, obtenido a través de la atenta observación de la realidad y de la activa participación en ella. Un clásico que, aunque escrito a principios del siglo XIX, resulta atemporal, en el que se dan todos los lugares comunes del Romanticismo: la búsqueda del sí mismo, la importancia de la naturaleza, la necesidad de fraguar nuestra fortuna individual y, sobre todo, la capacidad (y la voluntad) para ver el mundo con ojos de asombro.

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