La “filosofía concreta” de Martin Buber: pensamiento revolucionario

En la ya prolija y enjundiosa obra de Diego Sánchez Meca, catedrático de Filosofía de la UNED, encontramos un volumen –publicado en Herder Editorial del todo imprescindible para acercarse a una de las figuras más hondas, ricas y relevantes del XX en el terreno del pensamiento: Martin Buber (1878-1965). Éste consiguió (empresa nada fácil) hacerse un hueco entre las dos corrientes que predominaban en el primer tercio de siglo: por un lado, la fenomenología de Edmund Husserl y, por otro, la Existenzphilosophie de Martin Heidegger. En este sentido, Sánchez Meca contextualiza: “En general, para el pensamiento filosófico tradicional, la presencia del ser era la presencia de algo, algo sobre lo que se discurre, sobre lo que se posa la mirada y el propósito. Toda presencia no susceptible de entrar en la tematización y en el discurso no podía ser más que una presencia ‘imperfecta’, todavía ‘marginal’, necesitada de ‘venir al centro’. Buber afirma, y éste es el fondo de su filosofía del otro, que la presencia de otro ante mí no debe quedar siempre reducida a la presencia de un objeto que mi mirada determina y sobre la que mi pensamiento enuncia juicios predicativos”.

De este modo, Buber denomina a la presencia del otro “encuentro” o “relación yo-tú”, una relación que es, a juicio de este pensador, lo que confiere significación última al conjunto de lo que es. A este respecto, se hace también esencial la lectura del libro Yo, tú (Ich und Du, 1923), de Martin Buber, editado igualmente por Herder Editorial. Un pensamiento que sin duda aún hoy, o más que nunca resulta revolucionario en una sociedad que vive, con una desaforada fruición, alejada de las relaciones interpersonales genuinas, cercanas y cálidas, depuestas y defenestradas a la sombra de los nexos interactivos creados a través de fríos mecanismos como las redes sociales, etc.

Es este nexo yo-tú que a la vez es separación o diferenciación, es ese encuentro lo que nos sitúa en el meollo del ser y, a la vez, nos distancia a unos de otros, ya que una relación, para que sea genuina, precisa de dos movimientos complementarios pero en absoluto excluyentes: que parta de un distanciamiento original o primordial (al cual Buber llama en alemán Urdistanzierung), para, después, salvar esa misma distancia a través del esfuerzo por entrar en relación (in Beziehung treten). Como explica Sánchez Meca, “en la relación yo-tú es donde se efectúa la ipseidad misma de cada uno de los seres que ella une”. O en palabras de Buber:

Yo-tú se descompone, ciertamente, en un yo y un tú; pero esta relación no ha nacido de su conjunción, sino que es anterior al yo.

En Buber, por tanto, la intersubjetividad o mutualidad creada en el yo-tú es primordial y final. Exponernos al otro nos deja inermes conceptualmente en términos, digamos, racionales u objetivos, pero por contrapartida nos da acceso al otro, produciéndose entonces el necesario encuentro relacional, en el que tanto el yo como el tú se ven confirmados y plenificados al acceder al terreno de la responsabilidad intersubjetiva. Sánchez Meca subraya sobre este punto que “la significación central del pensamiento de Buber radica en la reivindicación de una relación con el otro esencialmente distinta a cualquier relación asimilante del otro como objeto o a una invención psicológica de esa relación”.

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Con ello, Martin Buber cuestiona nada menos que el clásico objetivismo intelectualista de raigambre cartesiana, que alcanza sus máximas cotas en la ciencia y en la filosofía; no sólo los conocimientos presuntamente objetivos obtienen verdades irrefutables. Es decir, el ser y su verdad (en caso de que ésta exista o se dé) no se manifiestan sólo mediante una vía objetivo-científica, sino, al contrario, por una vía subjetiva: más aún, de intersubjetividad. Esta relación sólo puede darse de manera dialógica, a través del encuentro, de aquel mencionado esfuerzo por aunarse en un yo-tú.

J. B. Lang (Revue de Théologie et de Philosophie, 1967) tematizó de esta forma tan concisa y brillante el intento de Buber por desarrollar su filosofía de la alteridad: “El impulso que subyace a la filosofía de Buber es el de clarificar cómo el hombre del siglo XX, tras las conmociones que ha sufrido y que le han trastornado hasta el extremo de alienarlo de sí mismo con una brutalidad difícilmente conocida antes, puede esperar afrontar de nuevo la realidad, y afrontarla de tal manera que pueda descubrirle un sentido. Pero no un sentido que él, el hombre mismo, se haya fabricado y que podría comunicar a otro y servir como tal sentido a otro, sino un sentido que se manifieste a él y le permita, simplemente, ser. En otras palabras, ¿es posible descubrir una dimensión, una realidad, un sentido que fundamente la existencia humana de cara a los peligros que la amenazan?“.

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Buber encontró ese sentido o dimensión en la relación intersubjetiva del yo-tú. El conocimiento metafísico no es por ello, o no puede ser, un conocimiento abstracto (de ideas o intuiciones intelectuales), sino empírico, confrontándose así con la tradición más netamente hegeliana. Una vertiente que se ha convenido en llamar el “pensamiento concreto” de Buber, arista que este pensador toma y desarrolla a partir de la crítica de Kierkegaard a Hegel, cuando el danés escribía: “Todo conocer esencial lo es en relación con la existencia; que es lo mismo que decir que sólo el conocer que se verifica en una relación esencial con la existencia es conocimiento esencial”.

Así las cosas, aclara Sánchez Meca: “De manera, pues, que si Hegel cree que la filosofía debe comenzar por lo que siempre ha empezado, es decir, estableciendo el término más indeterminado, más abstracto, poniendo un absoluto que tendrá como función medir el sentido de los fenómenos, Buber, en el polo opuesto, opina que ese principio, en el que es preciso ‘reencontrarse’ constantemente una vez que se le quiera aplicar a las realidades singulares, ha de ser tal que permita acoger a las cosas en su concreción y singularidad. Las categorías de ser y de sustancia, en las que la filosofía ha buscado tradicionalmente su comienzo, no pueden acoger otra cosa que a ellas mismas. Es por este comienzo por lo que una filosofía que pretenda llegar y respetar lo concreto deberá evitar comenzar”. En hermosas palabras de Buber:

Cuando me encuentro con un ser humano como un Tú, entonces ya no es una cosa entre las demás cosas, ni se compone de cosas. Ya no es él o ella, limitado por otros “Ellos” y “ellas”, un punto en la red del espacio y del tiempo. Ya no es una condición que pueda ser experimentada o descrita, ni un conjunto de cualidades específicas. Sin proximidades ni fisuras: es Tú, y llena el cielo por entero. Esto no quiere decir que no haya nada más que ese Tú, sino que todo lo demás existe en su luz. Así como una melodía no está compuesta solamente por notas musicales, ni un poema por palabras, ni una escultura por líneas…, así ocurre con el ser humano a quien yo le digo “tú”.

Un autor muy necesario para afrontar días tan convulsos como los que vivimos, supeditados y arrodillados al imperio de la objetividad de la ciencia y la técnica y expuestos a la frialdad de las relaciones interactivas, en las que se desaparece el vínculo real yo-tú. Dos libros, el de Sánchez Meca y el del propio Buber, que los lectores disfrutarán por partes iguales para desenterrar las miserias de nuestro tiempo (y de otros pasados), para, quizá, poder forjar un nuevo sentido, como el que se propuso erigir a través de su pensamiento concreto el propio Buber quien deseó, como pocos en el devenir filosófico del siglo XX, recuperar la sacralidad del vínculo intersubjetivo, acaso perdido, o al menos extraviado… ¿para siempre?–.

Un comentario en “La “filosofía concreta” de Martin Buber: pensamiento revolucionario

  1. La dimensión ontológica de la condición humana no es un invento de la psicología, siempre ha existido sin haberla podido explicitarla, ahora que disponemos de más herramientas intelectuales ya podemos advertir su importancia y la necesidad de construir una aproximación teórica decorosa, reconociendo la singularidad de nuestro comportamiento. Nuestro comportamiento en ningún caso es fortuito, nos da esa impresión por su naturaleza multivariada de las circunstancias siempre cambiantes en las que nos encontramos.

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