Espronceda, romántico liberal: del arrebato al desencanto

Espronceda, nombre de un pueblecito navarro y primer apellido del poeta romántico español José de Espronceda, con algunos ancestros de aquella tierra norteña. Para unos, el máximo exponente de la poesía romántica de España; para otros, esa preeminencia corresponde al sevillano Bécquer. Dos estilos de escribir distintos: arrebatado, entusiasta y exaltado al principio Espronceda; melancólico y más intimista Gustavo Adolfo. De todas las maneras, ambos y otros románticos del ámbito norte y centro-europeo murieron en la flor de la edad y nos quedan de ellos, aparte de sus obras, unos retratos, grabados o, en su caso, fotografías muy sugestivas en facciones, pelambreras y ropajes: ellos mismos, ya antes de poner en danza su pluma, fueron su mejor poema. Y pecado sería olvidar al poco conocido y más longevo (55) Almeida Garrett, portugués.

Hay entre Navarra y Álava una zona que concentra en pocos kilómetros cuadrados unas cuantas poblaciones con nombres de escritores: José de Espronceda (1808-1842), el compositor de rimas pegadizas, el  cantor de Teresa, el culo-inquieto por devoción (anhelo de conocer mundo) y por obligación (exiliado liberal), tiene su plaza en esta toponimia de tintes literarios, junto a Baroja, Marañón y Maeztu. Del crudo realismo de las novelas barojianas de índole social (no todos lo ven así) a la exaltación romántica de Espronceda no va, en la geografía, otra cosa que el espinazo de la Sierra de Cantabria.

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Como anuncio de lo que sería su andariega vida, Espronceda nació en Extremadura, donde sus progenitores, en ruta entre Villafranca y Almendralejo, hicieron parada y fonda por las contingencias del alumbramiento. Apunte histórico muy sucinto: la primera mitad del XIX, a partir de 1808, fue sacudida por guerras y grandes fluctuaciones en la política española, y al compás de los triunfos absolutistas el indómito Espronceda hubo de tomar en diversas ocasiones el camino del exilio.

Nos basaremos a partir de aquí, en parte, en el “studio Preliminar” que Gabriela Pozzi realiza a una Antología poética de Espronceda de la que también es editora.  Comienza con un epígrafe  llamativo y contundente: “Espronceda y la corriente subversiva del romanticismo español”, siendo el término “subversiva” sinónimo de “liberal”; un liberalismo, aclaramos nosotros, muy distinto del meramente económico sin rostro humano de nuestra actualidad. Algunas palabras, particularmente las terminadas en “ismo”, experimentan con el tiempo un cambio de significado de quitar el hipo. Así, el liberalismo de Espronceda es eso, liberador, quiere superar el absolutismo. El de hoy es negocio, refugio y subterfugio de, por lo general, gentes conservadoras.

En dicha corriente subversiva quedan incluidos más autores, especialmente Larra. ¿Hay, pues, otra? Sí, señala la citada Pozzi. En oposición al liberalismo de la “primera generación romántica”, surge la segunda, la reaccionaria, que “apoya la Monarquía y la Iglesia como los dos elementos constitutivos del espíritu español”. Aquí entrarían Zorrilla, Gil y Carrasco y Villoslada, entre otros.

Nos encontramos con una interpretación original del gusto romántico liberal por el Medioevo, de manera que si vuelven los ojos hacia aquel período histórico “no es en un principio para glorificar una estructura social caduca, sino para comprender cómo su sociedad ha llegado a donde está y para encontrar las raíces de su identidad nacional, su singular origen, en fin, su originalidad”. Pero ello sin desembocar en lo que hoy, con deje despectivo, algunos llaman “la tribu”. No se trata, pues, de una devoción por el feudalismo, porque permanecen abiertos a las corrientes europeas. Pero es cierto que no eran amigos de aquella que podríamos llamar “protoglobalización” grata a la Ilustración, al Neoclasicismo, del que el Romanticismo es antítesis estética y filosófica.

Como muestra del carácter subversivo de Espronceda tenemos que cuestiona “los valores castizos españoles (el honor, la virtud, los dogmas del catolicismo, la nobleza), tal y como se conciben dentro de la ideología tradicional”. Resultante de todo esto, indica Pozzi tomando una expresión de M. Iris Zavala, es que su obra va por la senda de una “cultura alternativa”, concepto que suena muy actual.

Dejamos de lado sus dos composiciones capitales, El estudiante de Salamanca y El diablo mundo (quien mucho abarca poco aprieta), para centrar nuestro objetivo en dos de las “menores”. Así, la célebre “Canción del pirata”, cuyos ocho primeros versos han formado parte del acervo memorístico de innumerables adolescentes y jóvenes españoles, entre ellos de quien esto escribe (y también, quizá, hispanoamericanos):

Con diez cañones por banda,
viento en popa, a toda vela,
no corta el mar, sino vuela,
un velero bergantín.
Bajel pirata que llaman,
por su bravura, el Temido,
en todo mar conocido
del uno al otro confín.

Señala Pozzi que esta canción “presenta la visión juvenil de la existencia, la visión ilusionada”. Juvenil desde luego, pues las cualidades con que inviste Espronceda al pirata pertenecen a su mundo de ensoñaciones veinteañeras. La realidad era muy otra, muy cruda. Resulta que el pirata “se guía por principios igualitarios”, es generoso en el reparto del botín, está más interesado en la aventura y la belleza que en las riquezas:

En las presas
yo divido
lo cogido
por igual.
Sólo quiero
por riqueza
la belleza
sin rival.

Y en estos siguientes versos observamos otra cara del poliedro subversivo de Espronceda, cuando nos habla de un pirata que prefiere morir a conservar la vida encorsetada por una esclavitud no legal pero sí real:

Y si caigo,
¿qué es la vida?
Por perdida
ya la di,
cuando el yugo
del esclavo
como un bravo
sacudí.

Claro, esta ensoñación se encuadra en ese Romanticismo subversivo citado; pero es eso, una quimera. Extraña, y no lo hemos leído a ningún comentarista,  que un español ponga como ejemplo de libertad a un pirata; esto es, que un natural del país que durante tres siglos fue objeto de la codicia de toda suerte de piratas (corsarios, bucaneros, filibusteros, pordioseros del mar, etc.) ensalce a un ladrón del mar (en vascuence “pirata” es “itsaslapurra”, literalmente “ladrón del mar”). Bien, después se rebaja un tanto esta extrañeza cuando leemos:

Veinte presas
hemos hecho
a despecho
del inglés…

Es decir, que como por arte de birlibirloque Espronceda convierte a la nación cuna de piratas por antonomasia en pirateada.

En los breves 105 versos de la canción se repite cinco veces este estribillo revelador:

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi Dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.

Por tanto, Espronceda afirma su derecho a ser libre en un mundo lleno de cadenas. “Vivan las caenas“, que se decía durante el reinado (1814-33) de quien de Deseado pasó a Indeseable (Fernando VII).

Ahora vamos del pirata a una composición de curioso título: “A Jarifa, en una orgía”. Para empezar, reminiscencias a la inversa del “hombres necios” de Juana Inés de la Cruz:

¡Siempre igual! Necias mujeres,
inventad otras caricias,
otro mundo, otras delicias,
¡o maldito sea el placer!
Vuestros besos son mentira,
mentira vuestra ternura,
es fealdad vuestra hermosura,
vuestro gozo es padecer.

Sí, ya estamos pasando del arrebato al desencanto; algo, por lo demás, millones de veces repetido en la doliente humanidad de la que todos  formamos parte. Sigamos gustando los versos de un hombre ya desengañado, pero no por ello menos sugestivo en sus renglones partidos:

Yo me arrojé, cual rápido cometa,
en alas de mi ardiente fantasía
doquier mi arrebatada mente inquieta
dichas y triunfos encontrar creía.

Mujeres vi de virginal limpieza
entre albas nubes de celeste lumbre;
yo las toqué, y en humo su pureza
trocarse vi, y en lodo y podredumbre.

Y encontré mi ilusión desvanecida,
y eterno e insaciable mi deseo.
palpé la realidad y odié la vida;
sólo en la paz de los sepulcros creo.

Tremendo último verso, pero tremendo como la misma vida. El poeta ha conocido ya la cara oculta de la luna, sabe de la fragilidad de lo que suele llamarse amor. Está, en su juventud, digámoslo sin ambages, de retirada.

Consideramos de notable interés que en la interpretación de Pozzi, “amor”, “mujer” y “amada” son sólo signos lingüísticos, sin referentes reales. ¿Por qué ese interés?  Porque leímos en el blog de Antonio Priante estas palabras de Octavio Paz sobre lo ficticio de las destinatarias de los poemas de amor de Juana Inés de la Cruz: “Nuestra actitud ante la poesía amorosa es muy distinta a la del siglo XVII. Entre la Edad Barroca y nosotros se interpone la gran ruptura: el Romanticismo, con su exaltación de la sinceridad y la espontaneidad. La doctrina romántica proclamó la unidad entre el autor y su obra”. Bien, pues resulta que para Pozzi , al menos en lo referente a varias composiciones de Espronceda, no es así. Aunque, eso sí, Teresa fue de carne y hueso.

Y prosigue, ahora con sus palabras, Priante: “Es decir, que, a diferencia de la literatura romántica y de buena parte de la actual, la literatura barroca es arte y sólo arte, no confesión pública ni reality show. Los que no saben u olvidan esto […] han andado buscando en vano quiénes eran en la realidad los Fabio, Silvio, Feliciano o Lisardo que aparecen en los versos de la enamorada”.

“En vano, porque detrás de los poemas amorosos de Juana Inés no hay otra realidad que la enorme cultura literaria y la aguda sensibilidad artística de una mujer extraordinaria…”.

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