La ideologización de la filosofía en la España de posguerra

A todos aquellos
que en el año 1956
coincidimos en la
cárcel de Carabanchel

José Luis Abellán

La dedicatoria la tomamos de la obra Ortega y Gasset y los Orígenes de la Transición Democrática, de José Luis Abellán (Madrid, 19 de mayo de 1933), autor también de la monumental Historia crítica del pensamiento español y de otros estudios en los que late, como denominador común, su interés por la cultura en particular y la vida en general de España. 

Vayamos ahora, por voluntad clarificadora, a la semántica. La principal acepción de la palabra “ideología” es “rama de la filosofía que estudia las ideas, sus caracteres, clasificación y en particular su origen”. Y la de “idea”, ésta: “acto del entendimiento consistente en la representación intelectual de una cosa”. En cuanto a “ideologización” no forma parte del léxico castellano según algunos diccionarios, pero en otros se define como “acción y efecto de ideologizar, es decir, de imbuir una determinada ideología”. Esto último es lo que quiere indicarnos Abellán con el término. Ahora bien, en realidad, ¿no está todo ideologizado en la vida? ¿No es una redundancia hablar de ideologización de la filosofía o de cualquier otra ciencia o asunto? De paso, aclaración pertinente: también las Humanidades son Ciencias, cosa que se soslaya con frecuencia, por la tradicional y torpe división de los estudios en Ciencias y Letras. 

El vocablo “ideologización” adquiere un carácter abiertamente peyorativo en la citada obra sobre el pensador madrileño: Abellán viene a señalar que la Universidad queda en 1939 (fin de la guerra civil) secuestrada por el régimen franquista, aunque él no emplee esa dura palabra, pero sí algunas similares. Nada sorprendente, pues secuestrado quedó todo.

Cuando Ortega está escribiendo su obra sobre Leibniz, La idea de principio en Leibniz y los orígenes de la teoría deductiva, de 1947 (se publicaría póstumamente en 1958), ya se llevaban unos años en que “la estructura universitaria había sido ocupada por la filosofía escolástica, que se convirtió en la ideología oficial del régimen franquista”. Remedando una conocida frase, podríamos apostillar que, a tal régimen, tal filosofía. Así que, siguiendo con Abellán, tras señalarnos que el entonces denominado Ministerio de Educación Nacional se esmera en el desarrollo de una política cuyo fundamento es “implantar el escolasticismo en la enseñanza media, mediante un sistema de oposiciones controlado y centralizado por el aparato estatal”, añade: 

El resultado inmediato de semejante programa político será la ideologización de la filosofía, como instrumento intelectual puesto al servicio de los intereses del Estado nacional franquista. 

Denuncia el autor la suplantación de grandes maestros universitarios anteriores a la guerra por otros a los que califica, mejor dicho, descalifica encuadrándolos en “un tipo de profesor-funcionario que defendía la ideología del régimen franquista, bajo las fórmulas de un escolasticismo que en muchos casos ni siquiera se ocupaban de remozar con los planteamientos actualizados por los focos europeos de la neoescolástica”. No mete a todos en el mismo saco, de manera que matiza que eso sucedió “salvo muy contadas excepciones”. También podríamos llamarlos profesores-burocráticos, de tristona y aburrida pedagogía y prestos a delegar en cualquier subordinado su tarea docente cada dos por tres (para alivio del alumnado).

José_Ortega_y_Gasset.jpg

Añadamos, asimismo por nuestra parte, que en 1940 comienza a publicarse la revista Escorial, en la que aflora ese escolasticismo, si bien también participan intelectuales poco o nada proclives al franquismo ni a la escolástica según se va viendo clara la derrota del Eje Berlín-Roma-Tokio. Participación de algunos de los autores antes postergados porque interesa, en la filosofía como en todo, aminorar el tufo de unas paredes que olían a ciertas concomitancias con los regímenes nazi alemán y fascista italiano. 

Abellán pone cuidado en escribir, como vimos en una de las citas anteriores, “resultado inmediato”. Efectivamente, porque pocos años después, el de 1956 constituye un momento agitado en la Universidad española, donde comienza a asomar “una juventud que se manifiesta como existencialista, neopositivista, analítica y muy poco después marxista y neomarxista”. No obstante, el autor destaca que “se reacciona ideológicamente contra la ideologización escolástica”. Esto, si se nos permite la alusión, nos recuerda el lenguaje orteguiano en España invertebrada, cuando señalaba el filósofo de los largos pasillos que los unitarios (centralistas) catalanes y vizcaínos ejercían catalanismo y bizkaitarrismo, bien que de signo contrario. Lo de los largos pasillos alude al gusto de Ortega por las viviendas con ellos, como indica Abellán, tomando palabras del hermano menor, Manuel, y de su hija Soledad Ortega Spottorno, que cuentan cómo el filósofo engendró buena parte de sus obras paseándose por los diferentes pasillos de las casas que habitó.

Siguiendo con las corrientes que quieren abrirse paso, que intentan desplazar a la escolástica predilecta del nacional-catolicismo, es el caso que la nueva y contraria “ideologización seguirá todavía su curso, alcanzando su apoteosis con el movimiento neonietzscheano, que a partir de 1968 (fecha simbólica del mayo francés) alcanzará un estado cuasi hegemónico en cierta juventud”. 

No es sino tras la muerte de Franco (1975) y la subsiguiente democratización política cuando se constata “un creciente proceso de desideologización que se traducirá en la esfera filosófica en una importante adquisición de nivel. Se recuperan manifestaciones normales en un país libre que vive acorde con su tiempo: pluralismo, especialización y cientificidad en la ocupación filosófica”.  

Es interesante que en paralelo a estas reflexiones se hable tanto en el citado epígrafe “La ideologización de la filosofía”, como en alguno anterior y posterior, de la magna obra póstuma orteguiana sobre Leibniz. Se incide en la inusual gran extensión de la misma  y en “el rigor técnico que contrasta con el carácter ensayístico o literario que dio a la mayoría de sus escritos”. Ya escribimos aquí en otra ocasión acerca de la impronta literaria de Ortega, de la profundidad y belleza de su estilo bien nutrido de esplendentes metáforas. Pero resulta que tras su regreso del exilio (eso sí, con sosegada retaguardia lisboeta) “temía que se volviese a hablar del carácter literario (y no filosófico) de sus escritos”, como antes de la guerra. Quienes hablaban y hablan de ese carácter desconocen que las lindes entre las diferentes disciplinas suelen estar muy difuminadas, especialmente entre literatura y filosofía. El temor que adjudica Abellán a Ortega es poco comprensible. Si no hubiera escrito tan literariamente, habrían leído sus obras cuatro eruditos. Lo mismo podemos afirmar de Schopenhauer y otros. Y  ¿no tienen profundidad filosófica las obras de estos dos hombres? ¿No es filosofía el drama calderoniano La vida es sueño? ¿No lo son las novelas de Unamuno? Etc.

ortega-y-gasset

Su discípulo Julián Marías afirma que “la circunstancialidad de la obra de Ortega se extrema en este libro”. Y un poco más adelante: “Este libro, tan técnico, tan áspero de lectura en ocasiones, lleno de saber filosófico, es a última hora el más personal, el que más se parece a una confesión, con una significación autobiográfica (porque se trata de una vida vocacionalmente definida por la filosofía)”. Al citado Marías le atribuye Abellán un entusiasmo, una veneración por su maestro que le hace llegar no al elogio sin más, sino al ditirambo. En este sentido afirma el discípulo, siguiendo con la obra sobre Leibniz:

Siento la tentación de decir que este es el libro más importante de Ortega, de todo cuanto escribió en su vida. Siento la tentación de ir aún más allá y agregar que es el libro de filosofía más importante publicado hasta ahora en el siglo XX.

Obsérvese que no escribe “en el siglo XX español”. Así que a la altura de 1958 Marías lo considera el mejor libro de filosofía en esas seis décadas… en el mundo. Para Abellán hay aspectos sugerentes, entre ellos “la visión que da de Aristóteles y el aristotelismo como base de la escolástica medieval, poniendo de manifiesto el anacronismo  que esta representa para la actual situación de la filosofía […], sus críticas al modo de pensar aristotélico nos parecen extraordinariamente importantes, pues no podemos evitar pensar que al escribir tales juicios Ortega miraba de soslayo a los escolásticos que se habían apoderado de la universidad española”.

En cuanto al Instituto de Humanidades, “Ortega va a intentar hacer posible su vida dentro de la circunstancia española que le había sido arrebatada por la guerra civil y la dictadura posterior”. Lo interpreta como “un reto al régimen franquista, ofreciendo una alternativa al entonces reinante y todopoderoso nacional-catolicismo”. Reto, naturalmente, con todos los boletos para fracasar.

Hemos aludido a la circunstancia en el párrafo precedente, y antes a la circunstancialidad con palabras de Julián Marías. El celebérrimo “Yo soy yo y mi circunstancia” hay que entenderlo como designio deliberado, y así lo aclara el propio Ortega tras escribir que es frase presente ya en su primer libro (1914, Meditaciones del Quijote), porque “sin deliberación […] jamás ha hecho el hombre cosa alguna en el mundo que no fuera circunstancial”. Terminemos, pues, con esta cita:

Yo soy yo y mi circunstancia […].  Mi obra es, por esencia y presencia, circunstancial […]. Toda otra realidad que no sea la de mi vida es una realidad secundaria, virtual, interior[?] a mi vida, y que en esta tiene su raíz o su hontanar. Ahora bien: mi vida consiste en que yo me encuentro forzado a existir en una circunstancia determinada. No hay vida en abstracto. Vivir es haber caído prisionero de un contorno . Se vive aquí y ahora. La vida es, en este sentido,  absoluta actualidad […]. Mi incesante lucha contra el utopismo no es sino la consecuencia de haber sorprendido estas dos verdades: que la vida (en el sentido de vida humana, y no de fenómeno biológico) es el hecho radical, y que la vida es circunstancia. Cada cual existe náufrago en su circunstancia. En ella tiene, quiera o no, que bracear para sostenerse a flote.

Ortega y Gasset, 1932 (OC, VI, 347-348).

4 comentarios en “La ideologización de la filosofía en la España de posguerra

    • Estimada Ana,

      Hace tiempo que no intervengo en MGs ni en Comentarios, tanto en La Lechuza como en mi blog personal (salvedad, un MG que puse hace poco a una persona que me había comentado algo y que se me pasó en su momento).

      Esto no tiene nada que ver ni con La Lechuza ni con los líos que suceden con demasiada frecuencia en las RRSS, nacidos de un afán exhibicionista que llega a lo patológico. La razón es de índole distinta y, en cualquier caso, de mucho peso. Por tiempo indefinido.

      Esto va también para alguien que, sea la redundancia, se presenta como Alguien, sin foto. No aparece aquí, pero sí bajo la campana de las notificaciones que recibo. Y para otros posibles comentaristas.

      Por lo demás, muy amable, gracias por sus palabras.

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