Héctor Escobar Gutiérrez. Una conciencia de fuego

Su ya mítica imagen tiene un encanto establecido más allá de la configuración de su obra. Hay en su vida y en su literatura una invocación a la marginalidad que sólo puede darse en un espíritu libre. En la exigencia y en la disciplina de quien escribe con la más depurada filigrana; en la conciencia ética y estética del desafío al poder; en la exhortación a la libertad que, por encima de los convencionalismos, dieron sus pasos; en la plenitud concedida por el arte… Allí reconocemos al poeta y al pensador en quien sobresalen estos rasgos. Procesos de una alquimia en que si hay por descubrir una piedra filosofal, no será ella sino la síntesis de la pureza artística y el desafío ético que envuelve la figura de Héctor Escobar Gutiérrez.

En nuestro contexto, su presentación no ha dejado de ser tan solo una sombra. Desconocido ampliamente en un medio en el que figurines y vanidades intelectuales devoran los espacios del arte y la literatura, Escobar conserva, por fortuna, el muy importante atributo de ser un extraño modelo de arte y saber al que pocos acceden. No se hace referencia aquí a los desaciertos amarillistas que explotan sin cesar su adhesión a un mundo de tinieblas y demonios… rasgos precisos para atemorizar mojigatos y atraer cretinos. Se trata ante todo de un auténtico maestro, un pensador, artista y sabio formado al margen de la escuela y la universidad, condiciones estas que ningún título puede opacar. Sin embargo, su reconocimiento, y aún, su importancia, es ignorada. Esta peculiaridad es explicable en parte: “ninguna de las cosas grandes, ninguna de las cosas bellas, puede ser bien común” (Nietzsche) Pero muy a pesar del veredicto aristocrático del pensador alemán, no es factible para quien admire este alto saber y este magnífico arte, marginarlos y relegarlos aún más. Es imprescindible por el contrario destacarlos. Extraerlos de su oscuridad, precisar su impronta y extenderla.

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La precisión estilística de Escobar es una particularidad que por sí sola ya lo hace merecedor de un reconocimiento altísimo. La elección de formas tradicionales, el detallado uso de ciertos tipos de versificación cuyo ritmo y musicalidad sobresalen, estimulan un constante equilibrio que se posiciona como el más característico de los atributos clásicos, donde la belleza, la armonía y la simetría de las formas predominan totalmente. Pero al lado de estas particularidades apolíneas, el efecto, las implicaciones, los esbozos y en fin, los rasgos que se evidencian en el ámbito telúrico de su obra, cobran un matiz del todo distinto. Aquí el abismo, el desequilibrio, la oscuridad… los ímpetus dionisíacos cobran todos ellos un vigor persistente en toda su obra poética.

Bajo estos parámetros, los excesos, la herejía, cierto conocimiento esotérico, la magia, lo demoníaco, la burla, la sexualidad, la insolencia moral, el placer, el desencanto, la muerte, entre otros desvaríos y aciertos, se desarrollan en el marco de una cosmovisión enteramente trágica, nihilista, mas también constitutivamente vital. ¡Qué vitalista es esta fuerza, esta contundente declaración en la que los antagonismos y las exigencias concedidas al hombre en su devenir se presencian, se celebran, se engrandecen!

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Y por supuesto, ¿qué otro escenario sino el de una personalidad enteramente estética posiciona el derrotero espiritual de una naturaleza maldita, implícita y explícitamente ligada a motivos heréticos y excesivos? Si el estilo es el hombre, ¡cómo se arraiga esta máxima en la idiosincrasia de Escobar! Un esteta, una conciencia de fuego, un ímpetu, un destello.

Ese justamente es el legado de quien entre otras cosas no buscó la redención, sino la condena de habitar entre los abismos –tan necesarios son– que depara el vacío de la inmanencia y el límite. ¡Qué sombrías voces, qué voraces imágenes, qué vertiginosos los caminos a los que conduce la inmersión en tan vasta pluralidad! Concedida esta promesa se cede al murmullo de ciertas maldiciones y delirios. De toda gran literatura no se sale exento. Si una condena nos aguarda, sea ese el precio que la sabiduría exige por habitar sus profundidades y no salir redimido nunca de ella. Es el precio, o el don mejor, de saberse dueño y deudor de la nada.

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2 comentarios en “Héctor Escobar Gutiérrez. Una conciencia de fuego

  1. Aun sin conocer el pensamiento y la obra de tu dilecto compañero, me atrevo a juzgan como un gran acierto la semblanza que de él hace el señor Abad (hermano de Hector?). Qué escrito tan apasionante!.

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