Cuando la muerte araña el alma: Alejandra Pizarnik

PizarnikProbablemente no exista poesía más sobrecogedora, revulsiva e hiriente que la de Alejandra Pizarnik. Convertida por las últimas generaciones en un icono del feminismo, imitada en su escritura y hasta en su forma de vestir (estrafalaria, andrógina y con el pelo a la garçon), durante mucho tiempo su obra tuvo que arrostrar la etiqueta de ser fruto de la locura, un síntoma que presagiaría el trágico desenlace, su temprano suicidio, que en verdad sirvió para acrecentar el mito. Con el afán de encasillar lo inclasificable, se la definió como la poeta maldita de América, como gótica, surrealista o simplemente como enfant terrible, una extravagante incapaz de adaptarse a su entorno. Pero ni la violencia en sus expresiones poéticas ni el gusto por exhibir impúdica sus fantasmas interiores ni su permanente reflexión sobre las fronteras del lenguaje fueron imposturas. La franqueza, la honestidad en el compromiso con la propia obra, son incuestionables. Como dijo Octavio Paz en el prólogo de Árbol de Diana, sus poemas no contienen ni una sola partícula de mentira. Dibujan el perfil de una femineidad no convencional, poseedora de una pasión extrema, capaz de “escribir con su cuerpo el cuerpo del poema”, frente a una sociedad de la que siempre se sintió excluida y que terminaría por recluirla. Al final, su transgresión sólo consistió en la búsqueda de su propia identidad, por eso la ensayó a través de distintos nombres que fue abandonando (como Flora o Alexandra) para construir en la vida real su propio personaje o, quizás, las máscaras de múltiples individualidades. Ella eligió vivir en la palabra y eso significó encubrirse en el lenguaje, tal vez, para resguardarse en él:

y qué es lo que vas a hacer                                                            Sólo un nombre

voy a ocultarme en el lenguaje                                                  alejandra alejandra

y por qué                                                                                             debajo estoy yo

tengo miedo                                                                                          alejandra

La poetisa nació en Avellaneda, un suburbio portuario y fabril de Buenos Aires, que seguramente debió chirriar contra su carácter fantasioso, su sensibilidad siempre al borde del estremecimiento y su implacable deseo de alcanzar relevancia en la literatura. Hablaba desde pequeña varios idiomas, porque sus padres eran inmigrantes judíos, joyeros y bien integrados en la comunidad asquenazí, pero, como tantos otros, con una familia víctima del holocausto a las espaldas, cuyos sobrevivientes se esparcieron por el mundo, estableciéndose, por ejemplo, en Francia. A su sentimiento de extranjería, ahondado por el hecho de pronunciar el español con acento europeo, sumó en la adolescencia una serie de complejos que exacerbaban sus diferencias y su permanente disconformidad con el entorno, sea por el acné, el asma, el tartamudeo o por una cierta tendencia a engordar. Esto último se convirtió en una obsesión que la condujo a tomar anfetaminas, lo cual derivó en una adicción que alternaba con el consumo de barbitúricos y otros estupefacientes. Pero no fueron sus circunstancias vitales, después de todo no tan adversas, las que forjaron su rebeldía. Ésta debe entenderse, más que como una consecuencia, como una condición existencial, sobre todo si pensamos que Alejandra leyó muy pronto tanto a Sartre como a Simone de Beauvoir. Así, escribir era para ella reparar esa herida fundamental que nos horada a todos (si bien cada uno elige su lugar), implicaba suturar esa brecha que nos impide coincidir con nosotros mismos para encontrar la plenitud de nuestro ser. Si su entrega a la poesía fue total, es porque allí ella encontró la sanación, transfigurando el dolor en belleza –según dice Nietzsche– como las rosas hacen con las inevitables espinas:

Se ha dicho que el poeta es el gran terapeuta. En ese sentido el quehacer poético implicaría exorcizar, conjurar y, además, reparar.

A Pizarnik

Pero cuando sintió que la piedra de la locura empezaba a quebrantar el poema, cuando intuyó que el lenguaje se desgarraba en jirones y la dejaba a la intemperie, justo en el límite, Alejandra se ofreció a la muerte, tras la ingestión de un potente barbitúrico, durante un fin de semana en el que había salido con permiso del hospital psiquiátrico donde se encontraba ingresada a raíz de un cuadro depresivo. Mientras tanto, su escritura había pasado de los poemas-resumen, breves pinceladas anárquicas sin signos de puntuación, a los poemas-prosa, para explayarse finalmente en ese palimpsesto póstumo sobre la belleza del sadismo: su ensayo La condesa sangrienta.

Cuando a la casa del lenguaje se le vuela el tejado y las palabras no guarecen, yo hablo. / Las damas de rojo se extraviaron dentro de sus máscaras aunque regresarán para sollozar entre / flores. / No es muda la muerte. Escucho el canto de los enlutados sellar las hendiduras del silencio. / Escucho tu dulcísimo llanto florecer mi silencio gris.

III.
La muerte ha restituido al silencio su prestigio hechizante. Y yo no diré mi poema y yo he de / decirlo. Aun si el poema (aquí, ahora) no tiene sentido, no tiene destino.

También en este caso, el silencio no debe pensarse simplemente como resultado de la muerte, porque la violencia de la nada y su laceración está en todas partes, incluso agazapada en el lenguaje, donde –como afirmarían Heidegger o Sartre– la presencia devela siempre a la ausencia. Y, sin embargo, al nombrar se crea el mundo. Por eso, en las postrimerías del lenguaje, cuando el acuerdo y la sinceridad han probado ser ideales irrealizables, sólo se puede rescatar las sombras y señalar hacia lo que disocia y destruye, para dejar en claro qué es aquello que impide la reconciliación.

No

las palabras

no hacen el amor

hacen la ausencia

si digo agua ¿beberé?

si digo pan ¿comeré?

en esta noche en este mundo

extraordinario silencio el de esta noche

lo que pasa con el alma es que no se ve

lo que pasa con la mente es que no se ve

lo que pasa con el espíritu es que no se ve

¿de dónde viene esta conspiración de invisibilidades?

ninguna palabra es visible

Así lo hizo Alejandra. Sus temas preferidos son el silencio, la muerte, la locura… Sus símbolos, reiterados una y otra vez: el viento que dispersa la identidad en vilo, la jaula, donde se encierra la libertad culpable sólo por existir, la misma que, sin embargo, la contiene dentro de los límites de la realidad y ahuyenta sus terrores nocturnos, porque la noche ya no tiene el sentido acogedor y nutricio que hace nacer el poema –como sucedía en su admirado Novalis–. Ahora se convierte en ese momento en el cual el miedo se alimenta y los delirios cobran vida, el lugar de la indefensión.

Señor
la jaula se ha vuelto pájaro
y se ha volado
y mi corazón está loco
porque aúlla a la muerte
y sonríe detrás del viento
a mis delirios

Qué haré con el miedo
Qué haré con el miedo

Ya no baila la luz en mi sonrisa
ni las estaciones queman palomas en mis ideas
Mis manos se han desnudado
y se han ido donde la muerte
enseña a vivir a los muertos

Señor
el aire me castiga el ser
Detrás del aire hay monstruos
que beben de mi sangre

Es el desastre
Es la hora del vacío no vacío
Es el instante de poner cerrojo a los labios
oír a los condenados gritar
contemplar a cada uno de mis nombres
ahorcados en la nada

La niña que se sentía como Alicia, la del país de las maravillas, capaz de atravesar el espejo tan sólo para continuar la búsqueda de un jardín, su idílico paraíso de juegos, se sobresalta ahora al ver el reflejo de la propia imagen, su ingenuidad mancillada por un mundo sin contemplaciones, donde prospera el abandono y la soledad. Tampoco sus amores turbulentos, infortunados o no correspondidos, ni su bisexualidad, rechazada por su familia y nunca abiertamente reconocida, contribuyeron a la sanación. Su anhelo de unión, esa pasión desbocada y devastadora, la llevaba inevitable hacia lo que Lacan llamó estrago, devolviéndole su cuerpo con frustración, bajo la imagen de “un tajo en una silla”.

Siniestro delirio amar a una sombra.
La sombra no muere.
Y mi amor
sólo abraza a lo que fluye
como lava del infierno:
una logia callada,
fantasmas en dulce erección,
sacerdotes de espuma,
y sobre todo ángeles,
ángeles bellos como cuchillos
que se elevan en la noche
y devastan la esperanza.

Ale PizarnikY, sin embargo, hubo épocas deliciosas y divertidas en su vida. Por ejemplo, cuando estudiaba Letras en la Universidad de Buenos Aires, porque, aunque terminó dispersándose entre el Periodismo y las Bellas Artes, fue un tiempo de lecturas y debates fervorosos. De la mano de su profesor Juan Jacobo Bajarlía, quien la introdujo en el ambiente literario porteño y del cual se enamoró infructuosamente, pudo profundizar en sus más queridos poetas: Artaud, Baudelaire, Rimbaud o Mallarmé, y conocer los textos del vanguardismo. O cuando vivió en París, donde trabajó como traductora y correctora, a pesar de que esto le disgustase por distraerla de la escritura. Allí se sintió realmente en su casa, alentada y protegida por amigos escritores, como Cortázar, Octavio Paz, Germán Arciniegas, Ítalo Calvino, Rosa Chacel o Elvira Orphée. Asistía a fiestas y conversaciones con grandes literatos y artistas, paseaba por el Louvre o se abismaba en la mirada azulceleste de Bataille al cruzarlo por la calle. Publicaba. La vuelta a Buenos Aires la devolvió a su inquietud cotidiana, a pesar de que también allí contaba con un entorno intelectual acogedor, como su amiga Olga Orozco o Mujica Láinez, con quien realizó una exposición de sus dibujos y pinturas. En ese trance quiso enmendar aquella retirada, pero el ansiado París de entonces había fenecido ya entre los movimientos estudiantiles del 68. Perfeccionista y competitiva, obtuvo las dos becas americanas más prestigiosas para continuar su carrera triunfante en Nueva York, pero tampoco allí se sintió a gusto. Su regreso definitivo la enfrentó a esa inhabilidad suya para lo práctico, a ese sentimiento de no ser de este mundo, a dos intentos de suicidio y a su propio infierno interior, donde la conciencia se le disociaba en múltiples voces:

Golpean con soles

Nada se acopla con nada aquí

Y de tanto animal muerto en el cementerio de huesos filosos de mi

memoria

Y de tantas monjas como cuervos que se precipitan a hurgar entre mis

piernas

La cantidad de fragmentos me desgarra

impuro diálogo

Un proyectarse desesperado de la materia verbal

Liberada a sí misma

Naufragando a sí misma

Tras la muerte, su obra autobiográfica sufrió un destino estrambótico. A fin de ponerla a salvo de la represión cultural del Estado argentino y de los prejuicios de su propia familia, que nunca terminó de comprender la importancia de Pizarnik para la literatura, los Diarios viajaron de un lado a otro siguiendo las huellas del itinerario que había marcado en vida su autora. Oculta durante la dictadura militar en casa de amigos en Buenos Aires, fue llevada a París para ser custodiada por Cortázar y, más tarde, por su primera mujer, Aurora Bernárdez, hasta que finalmente la compró la Universidad de Columbia. Y todo eso porque, como dejó dicho Alejandra:

no quiero ir

nada más

que hasta el fondo

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3 comentarios en “Cuando la muerte araña el alma: Alejandra Pizarnik

  1. Excelente artículo. Muchas felicitaciones a este sitio y a su creador por un trabajo tan encomiable de divulgación de la literatura, el arte y la filosofía sin concesiones al facilismo y la vulgaridad populachera.

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