Genética y evolución. Cuando la realidad no supera a la ficción

Clonar humanos Ayala.jpg“Delante de nosotros está siempre el infinito”. Saint-Hilaire.

Vivimos tiempos difíciles, tiempos en los que resulta complicado forjarse opiniones independientes y libres de condicionantes. Somos víctimas de un continuo acoso comercial a través de publicidad anunciada en distintos medios de comunicación. Nuestro alrededor aparece plagado de información relativa al consumismo por ser “más sano”, “más barato” o “de mayor calidad” y, lejos de aumentar nuestro conocimiento, la base de desinformación que todo ello conlleva se hace cada vez más patente.

En este punto, surgen desde leyendas homeopáticas hasta teorías conspiranoicas que son presentadas a la población como argumentos verdaderos, si bien son meras falacias. Así, en vista de los últimos avances en ingeniería genética y biología molecular, cuestiones sobre si se pueden clonar seres humanos o incluso mejorarlos parecen tener cada vez más peso. ¿Podemos modificar el genoma humano para aumentar nuestras habilidades? ¿Podemos ser más inteligentes, más veloces o más resistentes? ¿Y qué pasa con el envejecimiento? La esperanza de vida para las próximas generaciones supera la centena. Con los avances en biología y medicina, ¿se podrá extender la cifra? Sobre el estado de estos y otros interrogantes, el doctor Francisco J. Ayala, experto en genética y evolución en la University of California (Irvine, EEUU), da cuenta en su nuevo libro ¿Clonar humanos? Ingeniería genética y futuro de la humanidad, publicado por Alianza Editorial.

Tras más de cincuenta años investigando, el biólogo español también ha estudiado en profundidad otras disciplinas como filosofía de la ciencia, bioética o la relación de la ciencia con la religión, materias sobre las que imparte clase en la actualidad y que están muy presentes en su última publicación.

En esta reciente obra se dan respuestas sobre la historia evolutiva del ser humano, la “eugenesia” o perfeccionamiento de la especia humana a partir de la secuenciación del genoma humano, o su posible clonación. Asuntos que llevan implícito un doble carácter: por un lado, el aspecto científico pone de manifiesto el avance de herramientas moleculares que permiten el conocimiento y estudio de la naturaleza, un mayor entendimiento de ella y su empleo en nuestro propio beneficio, por ejemplo, al curar enfermedades; por otro lado, el aspecto humanístico marca los límites, es decir, destapa las posibles implicaciones sociales, éticas o morales que aparecen en consonancia y consecuencia del trabajo científico y las pone de manifiesto. Ya apuntaba Ramón y Cajal:

[…] los descubrimientos más brillantes se han debido no al conocimiento de la lógica escrita, sino a esa lógica viva que el ser humano posee en su espíritu.

Desde los antepasados del Homo sapiens hasta estudios comparativos sobre comportamiento social, lenguaje o movilidad de chimpancés y otros animales, el científico da claves para entender de dónde venimos, dónde estamos y hacia dónde se encaminan las presentes y futuras investigaciones en este ámbito.

Una persona no se puede clonar. Se pueden clonar los genes, pero una persona no. La persona es el resultado de sus genes en interacción con el ambiente. […] Los genes no pueden decir lo que la persona va a ser.

Francisco-Jose-Ayala.jpg

El profesor Ayala impartiendo una conferencia

Sobre la historia evolutiva de nuestra especie vale la pena mencionar cómo las nuevas técnicas de biología molecular ingresaron en ramas como la paleontología, gracias a cuyos estudios –de gran variedad de muestras de DNA antiguo halladas en distintos yacimientos– hoy sabemos un poco más sobre nuestros predecesores. Una buena forma de aproximarnos a esta disciplina la proporcionó el genetista Svante Pääbo en su libro El hombre de Neandertal. En busca de genomas perdidos (Alianza Editorial), en el que muestra de primera mano las vicisitudes científicas a las que se ha enfrentado y cómo sigue trabajando para ofrecer nuevas perspectivas sobre la pregunta fundamental de quiénes somos.

Conocer qué nos hace específicamente humanos, qué elementos distinguen a los más de 7.000 millones de habitantes que tiene nuestro planeta (cada uno con su genoma específico), puede ayudarnos a entender la evolución biológica de nuestra especie.

Evolución no implica (al menos no necesariamente) progreso, sino cambio. Puede haber progreso a consecuencia de la evolución, pero es importante remarcar esta diferencia. El estudio de las limitaciones humanas, así como de su potencial, es ardua tarea, pero no deja de ser, y nunca dejará de serlo, fascinante. Recordemos de nuevo a Ramón y Cajal:

… a fuerza de horas de exposición, una placa fotográfica situada en el foco de un anteojo dirigido al firmamento llega a revelar astros tan lejanos, que el telescopio más potente es incapaz de mostrarlos; a fuerza de tiempo y de atención, el intelecto llega a percibir un rayo de luz en las tinieblas del más abstruso problema.

A pesar de los avances en ingeniería genética o, incluso, en neurobiología, aún estamos lejos de poder explicar cómo los fenómenos físico-químicos que tienen lugar en las neuronas se traducen en experiencias mentales como la autoconciencia o el libre albedrío. Nuestro admirado y ya mencionado premio Nobel, D. Santiago Ramón y Cajal, dijo que “las neuronas son células de formas delicadas y elegantes, las misteriosas mariposas del alma, cuyo batir de alas quién sabe si esclarecerá algún día el secreto de la vida mental”. Una forma muy poética de describir la enorme complejidad que encierra nuestro enigmático cerebro.

El auténtico investigador, científico o humanista, es aquel que, frente a sus inquietudes intelectuales, pasa a la acción. Cualidades como el estudio, el cuestionamiento o el rigor junto a un inocente entusiasmo ilusionante, paciencia y perseverancia han hecho posible que hoy día sepamos un poco más de nosotros mismos y del mundo que nos rodea, aunque sigue quedando mucho que aprender, descubrir y vivir.

Saint-Hilaire decía que “delante de nosotros está siempre el infinito”. A propósito de la ciencia, parece animar a investigar siempre con la premisa de que hay un resto por conocer en el que, ese camino, el del conocimiento, resulta ser la verdadera diversión de ser humano. Terminemos con Oliver Sacks, a quien Ayala cita en su libro:

Cuando las personas mueren no pueden ser reemplazadas […] porque es el destino […], destino genético y neural […] de toda persona ser un individuo único y descubrir su propio futuro, vivir su propia vida, morir su propia muerte.

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