Poner la mano sobre uno mismo: historia del suicidio en Occidente

Antoine-Jean_Gros_-_Sappho_at_Leucate_-_WGA10704Acantilado publicó un fastuoso y opulento ensayo del profesor Ramón Andrés sobre un asunto del todo actual (¿acaso no lo fue en algún momento?): el suicidio. El sugerente título ya nos da indicios sobre la dimensión global y omniabarcante de este titánico trabajo, que sin duda se convertirá muy pronto en un clásico: Semper dolens. Historia del suicidio en Occidente.

Esta obra apareció originariamente en 2003, pero, dada su gran aceptación, Ramón Andrés ha estimado que debía “rehacerla desde sus mismos cimientos”, revisando “lo que uno ha sido y lo que uno es en esencia”: “un tiempo de pensar y un intento de aprendizaje, nada más”. Este docente de origen pamplonés, galardonado en 2015 con el Premio Príncipe de Viana de la Cultura, se acerca así de nuevo a un asunto en el que “todo es pregunta, antagonismo, límite”, y asegura que no se trata de un libro sobre la muerte, sino, al contrario, “sobre la existencia y sus paradojas, temibles a veces”.

El dolor hace vivir en una esfera encantada y desvariada donde las cosas cotidianas y triviales adquieren un relieve pavoroso y “thrilling”, no siempre desagradable. Da conciencia de una separación entre la realidad y el alma, nos hace elevarnos y nos deja entrever lo real, y nuestro cuerpo, como algo remoto y extraño al mismo tiempo. Ésta es su eficacia educativa (Cesare Pavese, El oficio de vivir,  1 de junio de 1940).

Andrés peregrina, inmerso en una multiplicidad bibliográfica vastísima, los sinuosos senderos de la existencia. Senderos que todos, sin excepción, nos vemos obligados a examinar. Y es que quizás, como el autor propone, sea nuestra desdoblada conciencia la que nos pone sobre la pista de un yo desmembrado: “De esta mirada surge el recelo y confirma la certeza de que alguien, que sin embargo está en nosotros, nos pone en entredicho y a menudo nos humilla. El nacimiento de la conciencia se encuentra alimentado, precisamente, por esa capacidad de autoobservación y por el malestar sentido cuando el ‘otro’ conoce hasta el último de nuestros secretos”. Así, escribe y se pregunta Andrés:    

Qué encierra este paso último, ¿la victoria sobre el prójimo o la derrota de uno mismo? ¿Una afirmación sobre el mundo, o la capitulación ante sus derivas? Exponerlo de este modo sería incurrir igualmente en la simplificación de las cosas y acogernos al ideario de una historia reciente de la mors voluntaria, observada tan sólo desde un punto de vista psicológico o pseudofilosófico.

Ramón Andrés escribe un ensayo imprescindible, repleto de referencias desconocidas para el lector occidental, maravilloso en los detalles, modestamente parco en las opiniones personales, magnífico en el análisis historiográfico y magistral en las reflexiones filosóficas. Un libro que, ya desde su nacimiento, encontramos maduro.

Mesopotamia y Egipto, pasando por el mundo grecolatino, la Edad Media y la Modernidad, hasta llegar a la actualidad: nada escapa del atento escrutinio de Andrés. Cualquier persona interesada en el suicidio debe leer esta obra, estudiarla, pero sobre todo disfrutarla. En ella se dan cita pensadores, literatos, historiadores, sociólogos, constituyendo una rica amalgama de voces que hablan de aquello que por antonomasia produce silencio: la muerte, y en concreto, la muerte voluntaria. Pues, como comenta el autor,

En todo ser vivo u organización biológica se encierra un impulso que, paradójicamente, estimula tanto la supervivencia como la autodestrucción. En un sistema vivo se cumplen dos propiedades, esto es, la concatenación de procesos que producen y destruyen componentes, que a su vez regeneran la red que los origina, y una barrera estructural integrada por elementos elaborados por esa misma red, que viene a posibilitar su propia dinámica. Es esta fase de destrucción la que permite un equilibrio para que la individualidad biológica sea factible y tenga autonomía, lo cual puede extrapolarse a la célula.

A través de un recorrido de más de 500 páginas, en el que la prosa de Ramón Andrés brilla con luz propia y donde se pone de manifiesto su enorme capacidad para transitar del ensayo histórico al filosófico, el lector asistirá a un admirable y siempre curioso recorrido: el de la vida humana (individual y colectiva) que, en su periplo histórico a través de las innúmeras generaciones, siempre ha dudado de su propia validez, de su propio sentido.

No acierto a pensar una vez en la muerte sin temblar ante esta idea: vendrá la muerte necesariamente, por causas ordinarias, preparada por toda una vida, infalible. Será un hecho natural como el de caer la lluvia. Y a esto no me resigno: ¿por qué no se busca la muerte voluntaria, que sea una afirmación de libre elección, que exprese algo, en vez de dejarse morir? ¿Por qué? (Pavese, 30 de noviembre de 1936).

Semper dolens suicidio

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