Las cartas morales de Rousseau

rousseauMuy pocos filósofos han hablado tanto sobre su propia vida como Rousseau. Además de escribir sus Confesiones para la posteridad, una obra que aún hoy sigue vendiéndose como un auténtico best seller, el músico, pensador, dramaturgo, literato y, en definitiva, multifacético autor ginebrino nos legó una ingente cantidad de material epistolar que, en sus obras completas, reúne un total de 52 tomos.

Lo interesante de este dato es que, como apunta el editor de la obra, el investigador del CSIC Roberto R. Aramayo, “aparte de dialogar con el otro, la correspondencia tradicional permitía frecuentar algo que no suele visitarse con asiduidad, cual es nuestro propio fuero interno”. Las cartas facilitan la entrada a un mundo donde quedamos enfrentados, cara a cara, con nuestro yo: un escenario donde, desde luego, pueden llegar a rendirse las más terribles batallas. Más terribles que las que libramos con los otros.

Es cierto que, a pesar de la fama que obtuvo en vida (gracias, sobre todo, a sus éxitos literarios e incluso a sus composiciones musicales), Rousseau no logró alcanzar una estabilidad vital ni emocional que le permitiría creerse feliz durante largos períodos, a pesar de que él mismo asegura en una de las misivas recogidas en este volumen que “el objeto de la vida humana es la felicidad del hombre, ¿pero quién de nosotros sabe cómo se consigue?”.

En el fondo de todas las almas existe un principio innato de justicia y de verdad moral anterior a todos los prejuicios nacionales, a todas las máximas de la educación. Este principio es la regla involuntaria sobre la cual, a pesar de nuestras propias máximas, nosotros juzgamos nuestras acciones y las ajenas como buenas o malas, y es a este principio al que doy el nombre de “conciencia”.

En estas cartas, clasificadas, traducidas y recopiladas por Aramayo, topamos con ese Rousseau tan difícil de clasificar por el que a ratos suspiraremos, al que en ocasiones odiaremos, y al que acaso, y quizá, lleguemos a admirar y amar. Y todo, además, sobre el fondo de su magnífica pluma, un encanto que ni siquiera el mismísimo Kant pudo sortear. El filósofo de Königsberg aseguraba que la “fuerza mágica de la elocuencia” de Rousseau le obligó a releer continuamente a nuestro protagonista “hasta que la belleza de su estilo no me distraiga y pueda estudiarlo ante todo con la razón”.

En una de los documentos que Aramayo nos presenta en estas Cartas morales de Rousseau, el ginebrino expresaba sin reparos que vagamos por la tierra “sin principio ni fin ciertos, de deseo en deseo, y los que acabamos de satisfacer nos dejan tan lejos de la felicidad como antes de obtener nada”.

La conciencia es tímida y timorata, busca la soledad, el mundo y el ruido la espantan, los prejuicios de los que se la dice ser obra son sus más mortales enemigos, ella huye o se calla delante de ellos, la ruidosa voz de éstos ahoga la suya y la impide hacerse oír.

Tras una intensa vida plagada de relaciones en las que Rousseau se sintió (a veces injustificadamente) desplazado y maltratado, el autor se pregunta si cabe hallar “una regla invariable” que nos sirva de “asidero y de consistencia” ante los siempre temibles devaneos a los que nos ata la existencia.

En este libro damos con un testimonio único y riguroso, pero a la vez personal –y por eso, tan entrañable y sincero–, de los senderos por los que transcurrió la vida de uno de los pensadores más carismáticos de la historia de la filosofía, catalogado por los literatos de demasiado reflexivo, y por los filósofos de demasiado literario. Un genio en el que no cupieron medias tintas, y que tuvo tantos seguidores como enemigos.

Os conjuro a no asustaros: no albergo el propósito de relegaros a un claustro. La soledad de que se trata consiste menos en cerrar vuestra puerta y quedaros en vuestro apartamento que en sacar a vuestra alma del bullicio, y salvaguardarla de las pasiones ajenas que le asaltan a cada instante.

Y es que, a pesar de que “vivamos en el clima y en el siglo de la filosofía y de la razón” –confesaba Rousseau–, no nos queda más remedio que contemplar este “teatro de errores y de miserias” que constituye el “triste destino del hombre” para, con fuerzas renovadas, poder actuar: pues “la vida habría transcurrido diez veces” antes de haber desvelado cualquiera de las cuestiones filosóficas que los expertos catalogan como “imprescindibles”.

En definitiva, “no sabemos nada, querida Sofía, no vemos nada; somos un rebaño de ciegos que se aventuran en este casto universo”.

Anuncios

¡Deja un comentario!

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s