Herbert Butterfield: contra la cosificación del acontecimiento histórico

 

Herbert ButterfieldHace un par de semanas tuve la suerte de asistir en La Central de Madrid a la presentación de la reciente traducción, a cargo de la profesora Rocío Orsi (Universidad Carlos III de Madrid), de un breve texto del historiador británico Herbert Butterfield: La interpretación whig de la historia, precedido de un completo estudio de más de 70 páginas a cargo de la propia profesora Orsi bajo el título (que da nombre al volumen) de «Butterfield y la razón histórica».

Este compendioso y muy enjundioso escrito de Butterfield reúne en germen la concepción de la historia defendida por su autor, que, aunque matizada más tarde por él mismo a lo largo de su trayectoria intelectual, no sufrirá modificaciones en lo sustancial. El texto, lejos de circunscribirse meramente a la época en la que fue redactado, supone una suerte de pequeño manual que todo incipiente historiador debería tener casi como libro de cabecera. Es más, la obra contiene un sinfín de material útil con el que enfrentarnos en la actualidad a la escabrosa tesitura ante la que nos sitúan las diferentes leyes de memoria histórica. Y es que, como señala Rocío Orsi en su introducción (que, no nos dejemos engañar por la nomenclatura, es todo un tratado de filosofía), «la historia es pensamiento: pensamiento sobre el pasado, pero también un pensamiento sobre qué significa adentrarse en el pasado, lo que implicará a su vez una reflexión sobre la condición del sujeto que hace o que aprende historia. La historia es, por eso y ante todo, crítica de la razón histórica».

Si existe un peligroso riesgo, a juicio de Batterfield, en el que puede caer el historiador (neófito o aparentemente consolidado), es el de tomar su ejercicio como el de un tribunal omnipotente y objetivo que está en disposición de juzgar lo pasado, tomando el Jetztzeit (tiempo presente) como vara de medida para dirimir lo justo o lo injusto de cada acontecimiento. Aunque, previene el autor, su intención no es la de trazar una reflexión filosófica sobre la historia ni sobre el oficio del historiador, sino que se propone examinar la «psicología de los historiadores» con el objetivo de enmendar los posibles errores que pueden surgir (y de hecho surgen) en el desempeño de su profesión. De un modo que quizás nos recuerde a la justificación que Kant propone para realizar una crítica de la razón pura, Butterfield expone en la «Introducción» de La interpretación whig de la historia que

Hay un imán que, a menos que hayamos encontrado el modo de combatirlo, atrae siempre a nuestras mentes; y se puede afirmar que, si somos francos sin más, si no nos sometemos además a una autocrítica escrupulosa, tendemos fácilmente a dejarnos desviar por la primera y más elemental falacia con que nos topemos.

 

Butterfield y la razón históricaAunque no profundizaremos en ello (el estudio de Rocío Orsi despejará cualquier duda del lector al respecto), Herbert Butterfield se encuentra inmerso en un particular contencioso con los historiadores whig, aquellos por quienes, incluso, la propia musa de la historia parece haber tomado partido. El autor apunta en el «Prefacio» a quién dirige particularmente su escrito: «Lo que aquí se discute es la tendencia de muchos historiadores a escribir del lado de los protestantes y de los whigs, a ensalzar revoluciones una vez que han resultado exitosas, a hacer hincapié en ciertos principios de progreso en el pasado y a producir un relato que constituye una ratificación, si no la glorificación, del presente».

Si algo molesta a Butterfield en la actitud del historiador whig es su ceguera frente a sus propios prejuicios; si no tenemos cuidado, si no llevamos a cabo la tarea del historiador con las precauciones necesarias (con esa «autocrítica» más arriba mencionada), comenzaremos a olvidar que existen ciertos «ardides mentales de nuestra propia cosecha» que en demasiadas ocasiones son puestos –como productos de contrabando, ilegal pero acaso conscientemente– en nuestra interpretación de la historia. En concreto, asegura Butterfield, el historiador whig es un auténtico experto en estas lides, en

imponer cierta forma sobre la totalidad del relato histórico y producir un esquema de historia general que está llamado a converger bellamente con el presente –poniendo todo ello de manifiesto el funcionamiento de un principio de progreso a través del tiempo, un principio cuyos aliados permanentes han sido los protestantes y los whigs…

Rocío OrsiDesde luego, el texto de Butterfield se presta a una lectura puramente contextual, aquella que nos relata su oposición (en lo histórico, que no en lo político, o no enteramente) a la interpretación whig de la historia. Pero si nos ceñimos a la perspectiva filosófica –y sin hacer caso a las advertencias del autor, quien resalta en al menos tres ocasiones a lo largo de la obra que su cometido no es filosófico sino eminentemente psicológico-crítico–, daremos con hondos pensamientos sobre la comprensión histórica de la realidad que se hacen cargo, en magnífica y evocadora expresión de Rocío Orsi, de «nuestra permanente necesidad de teodicea».

Dos puntos importantes podemos resaltar, entre los muchos existentes, para llamar la atención del lector. Dos aspectos que, además, problematizan la controversia emergida al hilo de una posible definición de la expresión «acontecimiento histórico». Butterfield lleva a cabo una contraposición entre dos concepciones antagónicas de interpretar la historia: aquella que observa los acontecimientos históricos como cosas independientes que, por tanto, contienen una autonomía propia que las diferencia de las demás (como si constituyeran, de alguna manera, mónadas leibnizianas); y después, la que él mismo defiende, una concepción de la historia en la que el historiador entiende que el presente responde a una compleja interacción de «movimientos» friccionales que, aun en su independencia desde el punto de vista histórico, son, vistos desde un horizonte hermenéutico, interdependientes en cuanto componentes de un proceso que no tiene fin (la historia misma). Y es que, asegura Butterfield

quizás la mayor lección de la historia sea esta demostración de la complejidad del cambio humano y el carácter impredecible de las consecuencias últimas de todo acto realizado o decisión tomada por los hombres […]. El historiador busca explicar cómo el pasado se convirtió en el presente, pero la única explicación que puede proporcionar en un sentido muy real consiste en desplegar todo el relato y revelar su complejidad contándolo en detalle.

Una tarea que, al contrario de lo que podríamos pensar si tenemos en cuenta la frialdad científica del aserto de Butterfield, el historiador ha de llevar a cabo a través de un «acto creativo», con «simpatía e imaginación», pues

La imparcialidad en un historiador es condenable si significa que el intelecto está en un estado de indiferencia y las pasiones en reposo. Vamos al pasado para descubrir no sólo hechos, sino significados. Es necesario que vayamos con instintos y simpatía vivos y con toda nuestra humanidad despierta. Es necesario que reclutemos todos los recursos de nuestra naturaleza, todo aquello que se aleja del pensamiento científico pero se aúna para enriquecer el del poeta.

Como apunta Rocío Orsi, este ensayo de Butterfield de tan recomendable lectura «se esforzó por convencer a toda una generación de historiadores de que no debían leer la historia hacia atrás, cargándola con todos nuestros prejuicios», lo que ayudó, a su juicio, a «desenmascarar a los impostores» así como a «proscribir la interpretación interesada del reino de las narraciones históricas». Que el lector juzgue si no hay, en estas palabras, razones suficientes para acercarse al texto de este perspicaz autor inglés, presentado en excelente traducción de la profesora Orsi (cuyas notas explicativas, traídas en el momento oportuno, nos acompañarán en esta apasionante lectura). Y, en fin, convencidos o no por él, escuchemos a Butterfield que, aún hoy, tiene tanto y tan interesante que decirnos:

El verdadero fervor histórico descansa en el amor al pasado por el pasado mismo. […] Y tras esto late una verdadera pasión por comprender a los hombres en su diversidad, el deseo de estudiar una época pasada en aquello que difiere del presente. El verdadero fervor histórico es el del hombre para quien el ejercicio de la imaginación histórica trae consigo su propia recompensa: en las intuiciones de una comprensión más profunda y en los atisbos de una verdad interpretativa nueva, que son el logro del historiador y su deleite estético.

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