“Julia, o la nueva Eloísa”. Un best seller del siglo XVIII

A mediados de 1756, Rousseau se instala en la casa de campo del Ermitage, al norte de París. Tras haber disfrutado durante más de diez años de la vida mundanal de la capital francesa, y tras haber conocido y vivido desde muy cerca los avatares de los salones y de la gloria junto con los filósofos enciclopedistas, el ginebrino cae en una crisis personal que le hace enfrentarse a sus amigos y buscar la calma para acometer la redacción de algunas de sus obras más importantes. Es en este retiro cuando comienza a esbozar Julia, o la nueva Eloísa. Ya en 1740 reflexionaba de esta manera sobre la condición humana:

Nada es más triste que la suerte de los hombres en general. Sin embargo, encuentran en ellos mismos un deseo devorador de un futuro feliz, que les hace sentir en todo momento que han nacido para serlo.

El carácter difícil de Rousseau, acompañado de su timidez y su declarada torpeza para desenvolverse en sociedad, constituyen hechos que invitan una y otra vez al filósofo al recogimiento propio de una vida sencilla, alejada de la suntuosidad y el barullo característicos de la población acomodada de París. Incluso cuando aún se veía rodeado de amigos y era reconocido y admirado, en muy pocas ocasiones se siente feliz, como relata incansablemente en sus Confesiones. Su vida intelectual muestra un continuo ir y venir de extremo a extremo, acogiéndose por igual, en distintas etapas, al protestantismo, al catolicismo o a la religión natural.

Rousseau siempre fue perseguido por un deseo devorador de un futuro feliz que nunca llegaba. A pesar de haber asistido al más deslumbrante fragor de las luces francesas, aseguraba que el camino de sus contemporáneos no facilitaba tampoco la entrada en la felicidad. También en 1740, cuando reflexionaba sobre la educación (tras una breve experiencia como preceptor), vio claro que el buen sentido no dependía tanto de las potencias del espíritu como de los sentimientos del corazón: “Tengo la experiencia de que los más sabios y los más instruidos no siempre son los más buenos y los que se comportan mejor en los asuntos de la vida”.

Desde este momento, Rousseau comenzará toda una crítica a la civilización, que, entiende, nunca es transparente y siempre entraña falsedad, ya que exige de nosotros poner en práctica ciertas “formas” socialmente establecidas que quieren pasar por virtud, lo que no hace más que encubrir el vicio y abrir una profunda escisión entre el ser y el parecer. “La verdadera inocencia no tiene vergüenza de nada”, escribirá en el Emilio: libre de culpa, esta inocencia –que reclama incansablemente el pensador ginebrino– es la única actitud que puede resistir la mirada de los dioses en nuestros corazones.

El objeto de la vida humana es la felicidad del hombre, pero ¿quién de nosotros sabe cómo se consigue? Sin principio, sin fin cierto, vagamos de deseo en deseo y aquellos que acabamos de satisfacer nos dejan tan lejos de la felicidad como antes de haber conseguido nada. […] Víctimas de la ciega inconstancia de nuestros corazones, el disfrute de los bienes deseados solo nos prepara para privaciones y penas; todo lo que poseemos únicamente nos sirve para mostrarnos lo que nos falta, y a falta de saber cómo hay que vivir todos morimos sin haber vivido.

Rousseau, Cartas a Sofía

Rousseau Ginebra

Estatua de Rousseau

En 1756, desde su retiro en el Ermitage, un maduro Rousseau de cuarenta y cuatro años prematuramente envejecido a causa de la enfermedad y por padecimientos de toda clase, se pregunta “bajo los sotos frescos, al canto del ruiseñor, al murmullo de los riachuelos” (Libro IX de sus Confesiones): “¿Cómo puede ser que con sentidos tan ardientes, con un corazón lleno de amor, no haya podido, al menos una vez, arder en la llama del amor por un ser determinado? Devorado por la necesidad de amar sin jamás haberla satisfecho, me veía alcanzar las puertas de la vejez, y morir sin haber vivido”. Sincera retrospectiva de su propia vida.

El esfuerzo de corregir el desorden de nuestros deseos es casi siempre vano, y raramente es verdadero; lo que hay que cambiar, es menos nuestros deseos que las situaciones que los producen. Si queremos ser buenos, evitemos los obstáculos que nos impiden serlo.

Rousseau, Julia, o la nueva Eloísa, III, XX

Sin embargo, Rousseau empleará estas aspiraciones –como ya hacía desde su juventud– para dar salida a su talento literario, creando personajes ficticios en los que pudiera mostrar la necesidad de alimentar su “corazón sensible” (como lo llama en numerosas ocasiones), practicando mediante la creación literaria una auténtica venganza contra la vida.

La intriga desarrollada en Julia, o la nueva Eloísa es bien sencilla: al igual que en el caso de Abelardo y Eloísa, Julia se enamora de su maestro –y viceversa–, lo que dará lugar a interminables cartas entre ambos amantes en las que Rousseau pone en práctica toda su pasión y lirismo, y donde (como asegura Paz Ortega en el prólogo de la obra publicada en Akal) “podia desmenuzar los sentimientos, compaginar estos con la virtud y el honor, hacer un canto a la vida sencilla, al amor a la naturaleza, etc. Pero no solo eso; Rousseau no deja de ser el filósofo y el austero ciudadano de Ginebra, y rodea a los personajes principales de otros que le permiten abordar los demás más diversos. En realidad todos los temas rousseaunianos están reflejados en esta obra: sociedad, política, religión, moral, educación, las artes en todas sus vertientes, desde la arquitectura a la música, y otros temas aparentemente menos importantes como la jardinería, la cocina, los juegos o la moda en el vestir”.

Julia, o la nueva Eloísa (que como afirma Rousseau, se reduce a la presentación de las “cartas de dos amantes que vivieron en una pequeña ciudad al pie de los Alpes”) es publicada y recibida en 1761 con gran entusiasmo por parte de todo tipo de público; pronto se convierte en la sensación literaria del momento, en la que se anuncia el Romanticismo del siglo por venir. La tensión entre vida y teoría que encontramos en el pensamiento de Rousseau (extensible, por lo general, a toda la historia de la filosofía) es vivida por este como una verdadera tragedia; como ya puso en boca de uno de los personajes de Julia, “aquel que no consigue vivir como piensa no encuentra más que desdicha”.

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