Trabajos forzados. Los otros oficios de los escritores

Trabajos-forzadosTrabajos forzados es una apasionante y amena guía de supervivencia que recorre los modos con que los astros más brillantes del universo literario han ido capeando el temporal del hambre. Ya sea porque buscaban hacerse ricos, o tal vez simplemente para sobrevivir, los escritores se han entregado tradicionalmente a los oficios más diversos: desde buscadores de oro a carteros, desde soldados de fortuna a industriales, desde contrabandistas de opio a fogoneros en un barco en China; conductores de autobús, verdugos, guardias, vendedores de bisutería… Malraux fue ministro; Jack London sobrevivió como cazador de ballenas en el Ártico. Colette abrió un salón de belleza y Orwell pasó de ser policía en Birmania a vivir lavando platos en Londres. Gorki trabajó como pinche de cocina en el Volga; Saint-Exupéry pensó toda su vida que su verdadero trabajo era el de aviador; e Italo Svevo dejó de ser un gran industrial para poder escribir: le bastaba concluir una línea para sentirse pagado” (nota de Impedimenta).

Daria Galateria (1950), escritora, estudiosa de la literatura universal y autora de Trabajos forzados, parte de la premisa de que muchos escritores, para mantenerse, han tenido que trabajar… y que penar trabajando. A comienzos del siglo XX, nos explica, antes de que los Estados mecenas comenzaran a ofrecer a los intelectuales variadas prebendas, aquellos empleos podían ser de lo más extravagantes, rozando a veces lo extremo. A la vez, en algo coincidían casi la gran mayoría de poetas y narradores: la escritura es la tarea más agotadora de todas. Por ejemplo, desvela Daria Galateria, “Charles Bokowski, que en una tarde de borrachera era capaz de arrasar a hierro y fuego una casa, y que al sueño americano contraponía la escritura del exceso –del alcohol, sexo y excesos de variada naturaleza–, trabajó en realidad disciplinariamente, durante catorce años, como cartero. Cuando le dieron un sueldo por escribir, se quedó paralizado por el terror toda una semana, y sólo después se puso a trabajar”.

Todo desarrollo de una vida se corresponde con un relato: aquel que nosotros nos contamos. En ocasiones –superados por las circunstancias– acudimos desconsolados a la Providencia en busca de respuestas que puedan calmar nuestro anhelo de unidad: la distancia entre lo que hacemos y lo que pensamos nos produce desasosiego. Tras los trabajos forzados a los que se dedican los escritores del primer tercio del siglo XX, como si la propia escritura poseyera una suerte de naturaleza vampírica, aquéllos se decantan por trabajos distantes y mecánicos.

La autora nos cuenta cómo Italo Svevo, “para convertirse en ‘un buen industrial’, se obligó a abandonar las novelas, porque si se le ocurría una sola frase, ya estaba perdido para la vida activa durante una semana entera. Escribió sobre una tarjeta de visita ‘Comercial’ y llegó a ser un gran emprendedor en el sector de las pinturas navales”. También Eliot renunció a enseñar en Harvard para ser empleado de banca, trabajando en un sótano, inclinado, “como un pájaro negro en un comedero”, sobre una mesa repleta de cartas. Pero no sólo en el caso de los hombres, sino que también en las escritoras, como en el caso de Colette, observamos el contraste entre vocación y realidad: “famosa ya como escritora, utilizó su fama para fundar una pequeña empresa con la que ganar dinero. Abrió en 1932, en plena Depresión y con casi sesenta años, un instituto de belleza”. En el caso de W. Faulkner, y tras finalizar la Primera Guerra Mundial, adquirió un uniforme oficial de la RAF y entró en Oxford cojeando, contando que había sufrido un accidente aéreo; cuando no iba de uniforme, paseaba con los pies descalzos, vestido como un vagabundo; en la universidad encontró algún que otro empleo como guardarropa, regidor para el teatro y hasta cartero.

Estos escritores del siglo XX, obligados a vivir trabajando, envidiaban a los colegas que se consagran estrictamente a la literatura. Si quieren conocer la historia oculta de genios como Jack London, Thomas Eliot, Paul Monrad, Antoine de Saint-Exupéry, Franz Kafka, André Malraux o Boris Vian, no duden en adquirir esta atractiva obra editada por Impedimenta, con la que, seguro, podremos llegar a preguntarnos –amparados bajo la desesperación de estos autores– si acaso nuestra ocupación no se corresponde con el fin último de nuestra vida.

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2 comentarios en “Trabajos forzados. Los otros oficios de los escritores

  1. Me parece que la cuestión que se abre entre una concepción del desarrollo intelectual como algo práctico o no viene de muy lejos. Yo siempre recuerdo la leyenda (más rural que urbana) de Tales de Mileto, que inmiscuido en sus pensamientos cayó en un pozo… También está la postura opuesta en la cual éste predijo (gracias a sus conocimientos) un buen año de cosechas, alquilando él todas las prensas y molinos de la zona y amasando una fortuna gracias también a su intelecto.

    Lo que está claro es que la distancia existente entre la actividad intelectual y la llamada “Práctica” es por un lado un hecho en la historia cuántica y no tanto en la macro-historia. No obstante, la naturaleza de esta escisión es bien clara ya que el ser de las cosas no tiene porqué acoger de buena gana a la reflexión intelectual que nos habla de un “poder-ser” o la reflexión moral o política del “deber-ser”

    A pesar de que la sociedad mantenga una relación de amorío adolescente con los intelectuales, a veces invitándolos a la alfombra roja, otras sentándolos junto al mendigo, lo cierto es que el discurso dominante coloca la reflexión intelectual en la avanzadilla de la historia, tirando del curso de las cosas. Aunque bien es cierto que aveces es más bien lo contrario: trantando de “frenar las cosas” haciéndo un efecto péndulo que posiblemente sea lo que genera esa relación de amor-odio.

    Aunque lo deseable para los intelectuales es que se les valore como Tales (sin Mileto), lo cierto es que nunca podrá a ser así, porque no exíste intelectualidad desligada de cierta integridad , por ello, la intelectualidad comulgará en ocasiones con el curso de las cosas, pero el resto del tiempo, tendrá que seguir siendo una suerte de marginado de la mente colectiva. Y para cerrar mi comentario os dejo un fragmento del Mendigo de Espronceda que, en mi opinión viene muy a cuento de lo que trato decir:

    Mal revuelto y andrajoso,
    entre harapos
    del lujo sátira soy,
    y con mi aspecto asqueroso
    me vengo del poderoso,
    y a donde va, tras él voy.

    Y a la hermosa
    que respira
    cien perfumes,
    gala, amor,
    la persigo
    hasta que mira,
    y me gozo
    cuando aspira
    mi punzante
    mal olor.
    Y las fiestas
    y el contento
    con mi acento
    turbo yo,
    y en la bulla
    y la alegría
    interrumpen
    la armonía
    mis harapos
    y mi voz:

    Gracias Carlos por estas entradas.
    Un saludo

    Me gusta

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