“Cuentos completos”, Miguel de Unamuno

cubierta_UNAMUNOComenzamos a acostumbrarnos de manera preocupante a encontrar escritos donde la filosofía es considerada exclusivamente como una mera técnica –más o menos ingeniosa– en la que se nos brinda la oportunidad de vivir mejor, de ser más felices.

Ocurre incluso, a nivel social, que los problemas que nos afectan como miembros de una nación pasan desapercibidos en virtud de una cortina de humo que nos es impuesta desde fuera y como de contrabando. Nuestra clase política se dedica a enredar con asuntos que sólo repercuten a individuos alejados de los hombres de carne y hueso, de los que nacen, sufren y mueren, “sobre todo mueren” –recalca Unamuno al comienzo de su más querido ensayo, Del sentimiento trágico de la vida–.

En una de las sinceras conversaciones que Augusto Pérez y su amigo Víctor Goti mantienen en el capítulo XXV de Niebla, ambos concluyen al fin que la condición primordial del pensar auténtico no es otra que dudar, “y es la duda lo que de la fe y del conocimiento, que son algo estático, quieto, muerto, hace pensamiento, que es dinámico, inquieto, vivo”. Unamuno considera el pensamiento como un proceso que se desarrolla en el lenguaje, pero no deja de señalar que el verdadero pensar emerge en las palabras como expresión de una subjetividad –de un yo– en ineludible conflicto. La característica genuina del hombre es la existencia en sus entrañas de una terrible lucha, la que mantiene consigo mismo: vida en sincera contradicción.

Yo quería contar el sucedido sin poner nombre al protagonista ni decir dónde sucedió y aun sin pudiera ser sin palabras porque sin palabras se me ocurrió, aunque hay quien cree que es imposible imaginar sin ellas (Unamuno, “El héroe”).

El diálogo queda así preñado de la tensión que transmite el movimiento mismo de nuestro vivir. Un tipo de diálogo, del que nos habla Unamuno, ahora muerto en esta España doliente: las palabras quedan reducidas a instrumento del politiqueo, del combate de los partidos por el poder –corrompido éste casi definitivamente por intereses crematísticos, y cuya única estrategia ha devenido en la creación de falsos conflictos que aquellos partidos siempre se hallan muy dispuestos a resolver–. No recuerdan que lo que hizo tan digno de admiración y cariño al mártir San Manuel Bueno, el santo del que Unamuno nos habla en su acaso más concentrada y trágica novela, fueron las acciones y no las palabras: “el pueblo no entiende de palabras; el pueblo no ha entendido más que vuestras obras”, explica Ángela a su hermano Lázaro.

La filosofía, lejos del funcionamiento propio de los manuales de autoayuda –ahora tan de moda– que ofrecen meras recetas, ha de quedar concentrada en el hombre real, en aquel hombre de carne y hueso: una filosofía, por tanto, agónica, que pone de relieve la única y verdadera lucha –pues la lucha por la vida es la vida misma. Y esta discordia en los hombres y entre los hombres, explica Unamuno en La agonía del cristianismo, es lo que más nos une con nosotros mismos y con los demás: “sólo se pone uno en paz consigo mismo, como Don Quijote, para morir”.

Esta condenada literatura, al acentuar el egotismo, ha hecho que nos convirtamos todos en teatro de nosotros mismos, y vivamos representando un papel. ¡Es tan difícil ser como se es, naturalmente, sin artificio! (Unamuno, carta recogida en Cuentos completos, p. 66).

Este libro sirve de homenaje a Unamuno, cumplidos los 75 años de su muerte: novelista, filólogo, pensador y, sobre todo, hombre que se sabía finito, que sufría en su no-eternidad. El mejor acto de reconocimiento reside en tomarnos en serio nuestra particular lucha (“nada hay más universal que lo individual, pues lo que es de cada uno lo es de todos”, Del sentimiento trágico de la vida, III), haciendo de la agonía, del combate que somos, una realidad social. Tomar en serio que “el verdadero porvenir es hoy. ¿Qué será de nosotros mañana? ¡No hay mañana! ¿Qué es de nosotros hoy, ahora? Ésta es la única cuestión” (Vida de Don Quijote y Sancho).

Unamuno dejó plasmada en sus cuentos toda la heterodoxia, toda la libertad creativa y toda la coherencia de pensamiento por las que se le reconoce como uno de los autores fundamentales de la literatura española. Desde la posición estratégica del fin de siglo XX, Unamuno empleó sus cuentos como instrumento de reflexión y desarrollo de las ideas y observaciones que continuaría en el resto de su obra.

En este volumen, anotado y editado por el especialista Óscar Carrascosa Tinoco, se recogen, hasta reunir el corpus cuentístico completo del autor vasco, los relatos publicados por Unamuno tanto en libro como las diversas publicaciones periódicas en las que colaboró, así como aquellos que permanecían inéditos. Desde el inaugural “Ver con los ojos”, de 1886, hasta “Una tragedia” de 1923, contando con un buen número de cuentos sin fechar, el lector encontrará en esta rigurosa edición casi un centenar de relatos con los que comprobar, o recordar, la altura creativa de Unamuno.

Un libro que seguro encontrará lugar en muchas mesillas de noche.

Cuentos completos, Miguel de Unamuno. Páginas de espuma, 2011. 458 pp., 27 €. Edición de Óscar Carrascosa Tinoco.

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