“Historia de las alcobas”, de Michelle Perrot: la noche interior

historia-de-las-alcobasHistoria de las alcobas, de Michelle Perrot (traducción de Ernesto Junquera). Siruela: 2011, 29,95 €, 512 pp.

Los que aún conservamos el gusto por los libros de papel, por los libros de carne y hueso -legión casi amedrentada por el vocerío de los que reclaman la primacía del formato electrónico-, disfrutamos paseando largos minutos por librerías y bibliotecas, sobrecogidos y llenos de emoción por el olor a páginas nuevas y antiguas que esperan para ser (re)leídas.

En esta ocasión encuentro una obra de Michelle Perrot (París, 1928), doctora en historia por la Sorbona y profesora emérita de la Universidad de París VII-Denis Diderot, que me llama especialmente la atención: Historia de las alcobas (Premio Femina de Ensayo 2009). Las investigaciones de Perrot abarcan diversos ámbitos: desde el movimiento obrero o el sistema penitenciario, hasta la historia de las mujeres. Junto a Georges Duby dirigió la Historia de las mujeres en Occidente y uno de los tomos de la Historia de la vida privada. Extraigo el volumen del anaquel y lo (h)ojeo (¿puede hojearse un libro sin ser a la vez ojeado…?).

En la nota introductoria, “Música de cámaras”, se pregunta la autora por qué escribir un libro, y más allá, por qué redactar precisamente “este libro” sobre alcobas, “un tema extraño que ha sorprendido a muchos de mis interlocutores, vagamente turbados al verme deambular por esos lugares tan sospechosos”. ¿Lugares extraños?, nos preguntamos.

Todos encerramos experiencias personales que quedan silenciadas y casi guardadas en secreto entre el espacio en el que nuestra acción se desarrolla y la propia acción: compartimos nuestro hacer con un dónde, por mucho que nadie presencia la escena. El hacer, a fin de cuentas, pide un contexto: “son muchos los caminos que conducen a una habitación -explica Perrot-: el nacimiento, el reposo, el sueño, el deseo, el amor, la meditación, la lectura, la escritura, la búsqueda de uno mismo o de Dios, la reclusión voluntaria o forzada, la enfermedad, la muerte… Desde el parto hasta la agonía, es el escenario de la existencia […], en el que los cuerpos, despojados de máscaras, se abandonan desnudos a las emociones, a la pena, a la voluptuosidad”.

 ¿Qué relación, y de qué tipo, se da entre nosotros y el espacio de la acción? La habitación supone un microcosmos, a veces alejado del macrocosmos, en ocasiones muy cercano a él… ¿Qué significación política puede albergar el uso de una alcoba? Michel Foucault escribía, nos recuerda Perrot, que “sería necesario escribir una historia de los espacios, que sería, al mismo tiempo, una historia de los poderes, desde las estrategias de la geopolítica hasta las pequeñas tácticas del hábitat, de la arquitectura institucional, de las aulas o de la organización hospitalaria”. A través de la significación política de la habitación, podrían ponerse en claro los conceptos de lo público y lo privado, lo doméstico y lo político, lo familiar y lo individual… ¿en qué consiste la “economía política” de la habitación? Ésta es, para Michelle Perrot, una “caja, real e imaginaria. Cuatro paredes, techo, suelo, puerta y ventanas estructuran su materialidad”.

La puerta separa el “aquí” del “ahí”, el “dentro” del “afuera”, y su cierre (de manera similar a la de un sacramento) protege nuestra intimidad, la de nuestro grupo, la constituida por nosotros y nuestra pareja, etc. “De ahí la importancia capital de la puerta y de su llave, que es el talismán, y de las cortinas, que son los velos del templo. La habitación, además, lo protege a uno mismo, sus pensamientos, sus cartas, sus muebles, sus objetos”. El espacio que constituye la habitación nos refugia y acoge en su función de defensa y fortificación; como trastero, por ejemplo, sólo acumula (a veces no sólo objetos, también recuerdos…).

Cuando visitamos un colegio, un cuartel, un palacio, un convento o un hospital (¡incluso en nuestra propia casa!) encontramos muy natural el hecho de que existan habitaciones de diversos tipos (alcobas, estancias, delicados tocadores, dormitorios, etc.), pero ¿cuál es el origen y la historia de un lugar tan frecuentado por todos, tan repleto de -calladas y selladas- experiencias?

Las páginas de Historia de las alcobas nos conducen desde la antigüedad hasta nuestros días, desde la habitación de los niños y jovencitas hasta la estrecha y angosta realidad de las celdas, sin olvidar el dormitorio de una dama, el harén oriental, la alcoba de una doncella o el pequeño salón de recibir de la cortesana más distinguida. Un análisis muy ameno y riguroso del espacio donde transcurre el teatro de la existencia.

De este modo la habitación supone una “metáfora de la interioridad, del cerebro, de la memoria (se habla de ‘cámara de registro’), figura triunfante del imaginario romántico y más aún simbolista, la habitación, estructura narrativa novelesca y poética, es una representación que a veces hace difícil captar las experiencias, las cuales mediatiza”. Un testigo único de acontecimientos no siempre desvelados, de episodios que quedan, en palabras insuperables de Michelle Perrot, en la “historia de la noche, una noche vivida en lo interior (o interiorizada), con los sonidos amortiguados de los suspiros de amor, del paso de las páginas de un libro antes de dormir, del crepitar de la pluma sobre el papel, del tecleo del ordenador, del murmullo de los soñadores…”, ruidos todos que confeccionan y componen una música extraña

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