¿Grita el Laocoonte? La representación del dolor en el arte

laocoonte detalleLessing comienza su Laocoonte (subtítulo: “O sobre los límites en la pintura y la poesía”) con una triple distinción: el mero aficionado, el filósofo y el crítico. El primero de ellos, que cuenta con el mérito de haberse acercado por primera vez a una obra de arte, posee un gusto delicado, y observa que tanto la poesía como la pintura producen una impresión parecida, análoga; a la vez, comprende que ambas disciplinas representan cosas que en ese momento están ausentes, y que por tanto, poesía y pintura nos “agradan engañándonos”. Por lo que toca al filósofo, trata de penetrar en lo más hondo del agrado que ya el aficionado había manifestado, descubriendo en él una misma fuente: la belleza, “cuya noción inmediata nos proviene de los objetos corpóreos”. Lejos de declarar este sentimiento como subjetivo, el filósofo asegura que la belleza esconde reglas generales que podrían aplicarse a objetos distintos, tanto a las acciones como a los pensamientos y las formas. Por último, el crítico –explica Lessing– reflexiona sobre el mérito en la aplicación de tales reglas generales a la hora de crear belleza, y colige que pintura y poesía pueden complementarse recíprocamente mediante ejemplos y explicaciones.

Añade el autor un apunte interesante, que podrían muy bien tener en cuenta los hoy llamados “críticos de arte”: la función del crítico, a juicio de Lessing, tiene como cometido esencial aplicar sus deducciones “con justeza a cada caso particular”, sin que interfieran sentimientos o deducciones personales (ni mucho menos económicas). Porque, ya se sabe –lo sabemos hoy, lo sabían hace trescientes años–, “por cada crítico juicioso hay a lo menos cincuenta ingeniosos”, entendiendo por estos últimos a los más expuestos a sus pasiones e intereses personales.

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Establecida esta diferencia entre los tres modos posibles de acercarse a la poesía y a la pintura, tomaremos en consideración la segunda de ellas, la del filósofo, para preguntarnos si la figura central del grupo escultórico del Laocoonte –que es el propio Laocoonte– grita.

Recordemos brevemente que, cuando los griegos hicieron creer a sus enemigos que embarcaban en sus naves para abandonar la costa troyana, dejando tras de sí un gigantesco caballo de madera, los mismos troyanos –no muy seguros del significado de aquel suceso– solicitaron a Laocoonte, sacerdote del pueblo, que ofreciera un sacrificio a Poseidón con el fin de que poderosas y devastadoras tormentas se cruzaran en el camino de los barcos enemigos, supuestamente huidos. Cuando el sacerdote comenzaba el sacrificio, emergieron del mar dos enormes serpientes que atacaron y se anclaron a los cuerpos de sus hijos. Laocoonte acudió en su auxilio, pero los tres personajes de la historia acabaron ahogados a causa de los monstruos.

Los troyanos, recordando que el difunto se había opuesto a introducir en la ciudad el caballo griego, (“Desconfío de los dánaos [griegos] incluso cuando dejan regalos”) tomaron como un presagio su ahogamiento, interpretando que Laocoonte había muerto por cometer sacrilegio. El resultado, por todos conocido, fue el traslado del presente griego al corazón mismo de Troya, con lo que comenzaba el final de aquella interminable guerra y la debacle postrera del pueblo troyano…

mordeduraEn vista de la escultura, Arthur Schopenhauer afirma (MVR I, § 46) que “es evidente que […] Laocoonte no grita y que ello siempre causará cierta extrañeza porque cualquiera de nosotros gritaría en su lugar”. Incluso si tomamos en consideración el inminente ataque de una de las serpientes (que en la escultura se aprecia en forma de amenaza en la parte izquierda inferior del tronco de Laocoonte, cerca de la cadera), y teniendo en cuenta la naturaleza de la previsión del dolor físico, parece aún más llamativo que Laocoonte pudiera reprimir el grito. Pero Schopenhauer, lejos de opiniones como la del por entonces célebre Winckelmann (que ve en la escultura “el espíritu probado de un gran hombre que lucha contra el tormento e intenta reprimir la expresión de sus sensaciones encerrándolas dentro de sí; no rompe a gritar, como en Virgilio [Eneida, II, 774, y III, 48], sino que sólo exhala algún suspiro de inquietud…”, con lo que se reconoce cierto grado de porte estoico); lejos de tal posición, Schopenhauer sostiene de la mano de Lessing que no hemos de acudir a análisis meramente psicológicos, sino a razones fundamentalmente estéticas: si Laocoonte no grita es precisamente porque la belleza, en el arte antiguo, no tolera la expresión del grito. También Lessing asegura al final del primer capítulo de la obra mencionada: “nada más antiteatral que el estoicismo, pues nuestra piedad es siempre proporcional por el sufrimiento que manifiesta el personaje que nos interesa”.

Además, la esencia y el efecto del grito en el espectador tiene su correspondencia en el sonido (que evidentemente la escultura no reproduce), y no en quedarse con la boca abierta. Así, si los artistas hubieran deseado reproducir el grito, más bien habrían conseguido –en opinión de Schopenhauer– un irrisorio espectáculo, el de un “esfuerzo sin efecto”. El grito encierra sentido en el arte figurativo, en el teatro, donde el alarido puede servir muy bien para expresar la verdad, o lo que es lo mismo en este contexto, la representación íntegra de una idea, sensación o sentimiento. Por eso en una representación teatral en la que Laocoonte fuera protagonista, sí podría –y estaría justificado e incluso sería debido– ejercer el derecho a gritar. De este modo, “puesto que a causa de las limitaciones del arte, el dolor del Laocoonte no podía verse representado por el grito, el artista hubo de poner en marcha otra expresión de ese dolor y lo consiguió con el máximo esmero” –asegura Schopenhauer–, a partir de un rostro casi desfigurado que mantiene la boca abierta y la frente encogida.

Para imaginar la pantomima que a juicio de estos autores se da cuando se representa el grito en la escultura o en la pintura, piden que imaginemos una escena teatral en la que se hiciera gritar a alguno de los personajes, y que el actor en cuestión mantuviera desmesuradamente abierta la boca sin producir ruido alguno durante un buen rato; las carcajadas en toda la sala testimoniarían lo absurdo del asunto. Encontramos un ejemplo en La matanza de los niños en Belén, de Guido Reni (abajo), donde pueden observarse varias figuras humanas con la boca abierta.

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¿Qué opinión mantendrían estos genios sobre el famoso cuadro de Munch? ¿A qué responde El grito? ¿Expresa más bien angustia, o el acto mismo de gritar? ¿Puede representarse lo sonoro en el arte plástico? ¿Descubre el expresionismo -como movimiento artístico- nuevas posibilidades de cara a plasmar e interpretar la fisiología humana en la pintura?

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4 comentarios en “¿Grita el Laocoonte? La representación del dolor en el arte

  1. El expresionismo nos libera de lo accesorio. No interesa el detalle del colmillo de la serpiente, sino la serpiente y su actitud, la amenaza que representa. Ahora bien, si una obra expresionista no consigue transmitir, ¿con qué nos quedamos de ella?

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    • Sí, puede ser… El asunto que está en juego, me parece, es el de “el arte como representación de algo”. Lo interesante del arte, en general, y sin desarrollar la idea para no extenderme, puede que se encuentre en que precisamente existe algo que se sustrae a la idea, que no participa de ella: ir más allá de la mera figuración, de la manifestación o la presencia (la noción alemana “Vorstellung” viene muy bien al caso, aunque habría mucho que decir). ¿Consiste el arte en la representación sin más, en la mímesis, en la repetición? ¿Somos capaces de cuestionar el universo de a representación? Sería muy fructífero rastrear el concepto de “sublime” (presentación de lo impresentable, la experiencia del desbordamiento).
      Un asunto, en cualquier caso, muy rico para reflexionar.
      Saludos cordiales, y feliz noche de Reyes;).

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  2. Hola

    Me parece muy interesante tu comentario y postura. Yo quisiera pensar que el grupo escultórico de Laooconte y sus hijos sí pueden evocar sonido, y que Laooconte si pudiera gritar. Me parece que no se puede referir al arte griego como una temporalidad de reglas fijas y reiteradas. Hay que recordar que esta obra corresponde al helenístico que incorpora nuevas nociones en la representación visual en torno a la idea del padecimiento, la expresión. Otra dato interesante es que en esta esculturas intervinieron, como se ha dicho tradicionalmente, varias manos (Escuela de Rodas) y eso debería notarse en una composición. De todos modos, como espectadores, es nuestro derecho pensar si grita o no. En mi caso, el Laooconte sí grita, y es un grito aterrador.

    Saludos!

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