El orden de El Capital de Marx

El orden de El Capital. Carlos Fernández Liria y Luis Alegre Zahonero. Akal: Madrid, 2010. 656 pp., 29,90 €.

Las páginas que Carlos Fernández Liria y Luis Alegre Zahonero redactan y publican en Akal suponen un principio de revolución silenciosa, un movimiento que encuentra seguidores bajo la etiqueta de “subversores” y que, por ello, quedan apartados y relegados a ciertos círculos en los que, si bien se les tiene en cuenta de boquilla, parecen terminar malversados, y lo que es peor, obviados.

Y es que, explica Santiago Alba Rico en el fantástico prólogo que da inicio a este libro, “tras apoderarse del mercado del arte y obligar a la belleza a cotizar en bolsa, el capitalismo ha decidido incluso mover de su sitio los glaciares”. Y más grave aún, más triste, más conmovedor: “En su ofensiva contra todo lo existente, el capitalismo ha deglutido no sólo seres humanos y recursos materiales, sino también ese patrimonio inmaterial sin el cual la reproducción misma de la humanidad es imposible: el conocimiento“.

No se trata de denunciar al capitalismo por lo malo que es, por su perversidad, por lo que de malévolo pueda tener, sino de cuestionar con rigor, seriedad y serenidad si tales afirmaciones y sospechas esconden algún sentido. El prejuicio hace en muchas ocasiones denunciar a los denominados “anticapitalistas” como gente sin escrúpulos o niños de papá  desocupados que no tienen más ocupación que organizar constantes revueltas, romper un par de farolas o quemar algún contenedor, y todo ello en nombre de un tal Marx. Pero quién sea Marx, qué escribió y, sobre todo, por qué, es lo que motiva esta reseña. Debemos repensar El Capital, coger los pesados tomos y sentarnos a leer. A comprender. Ya en las primeras líneas de la introducción de El orden de El Capital se dice: “La gravedad de la crisis económica que azota al mundo entero ha obligado a todos, del modo más dramático, a recordar que vivimos en una sociedad capitalista. El capitalismo ha vuelto a ponerse sobre la mesa como tema inexcusable […]. Pero ¿qué es el capitalismo?“.

¿Qué es, paralelamente, el “marxismo”? ¿Para quién y qué escribió realmente Marx? Los autores de este volumen nos recuerdan que es necesario “volver la mirada hacia Marx para que nos ayude a entender lo que está ocurriendo”, lo que “exige rescatar su obra de ese corpus que generalmente se reconoce como ‘marxismo’ […] y que, en realidad, no es más que el producto de una doctrina de Estado que se fue configurando al agitado ritmo de las decisiones políticas, sin hacer concesiones al sosiego, la tranquilidad y la libertad que requiere el trabajo teórico”, de lo que, si recordamos, ya nos habla Marx en las primeras páginas de El Capital (“Prólogo a la primera edición alemana”):

En cualquier ciencia el comienzo es siempre arduo. […] Lo que pretendo indagar –escribe Marx- en esta obra es el modo de producción capitalista y sus correspondientes relaciones de producción y de circulación.

En un famoso texto de Althusser, éste aludía a Marx como aquel que abrió al conocimiento científico –la expresión no es baladí- el “continente Historia”, junto a los ya existentes de las Matemáticas y la Física. El libro del que ahora nos ocupamos comienza con un epígrafe que lleva por título “Marx como el Galileo de la Historia”: “… es por su intervención [la de Marx] en la arena de la economía, por lo que podría tener sentido compararle con un científico como Galileo en lugar de con un filósofo como Hegel o Feuerbach”. ¿Es que sale Marx, de alguna manera, fuera de la Historia de la Filosofía? La tesis de Liria y Zahonero es que Marx entra de lleno en el terreno de la economía, fundando, de manera análoga a Galileo en Física, el ya aludido continente Historia. Que a este autor se le estudie en las facultades de Filosofía no se debe a su aportación a ésta (que también), sino porque Marx es desterrado aún hoy del estudio de la Economía. Y es que, compartiendo algunas palabras de Kant, la verdad no siempre se abre paso en la historia.

¿Por qué se relega a Marx a tal ostracismo? La respuesta, seguramente, podemos hallarla si cobramos consciencia de que cuando se intenta dar respuesta a alguna cuestión económica, inevitablemente salen a la luz matices políticos –dicho sea de paso, muy incómodos-, que no hacen sino sacar a relucir la relevancia de la praxis. Los autores no pueden ser más claros a este respecto: los matemáticos, por ejemplo, no han de enfrentarse a este tipo de problemas. Carlos F. Liria y Luis Alegre explican en la página 35 de El orden de El Capital: “Si los matemáticos hubieran descubierto algún día que el cuadrado de la hipotenusa no lograba ser la suma del cuadrado de los catetos más que a fuerza de hipotecar la vida de la mayor parte de la población mundial, de tal modo que al deducir el teorema en cuestión seguiría siendo verdadero o falso en virtud de criterios puramente matemáticos y no políticos, pero los matemáticos tendrían, sin duda, inclinaciones subversivas frente al orden de los triángulos rectángulos”. La hipotenusa no se queja cuando es interrogada acerca de sus leyes; no ocurre así con el capitalismo, con la economía política.

El orden de El capital

No me gustaría terminar sin referirme -por su importancia en el conjunto de toda la obra que conforma El Capital– al extenso epígrafe (muy agradable en su lectura) en el que Carlos Fernández Liria y Luis Alegre Zahonero se hacen cargo de “La llamada acumulación originaria”, que Marx examina en el Tomo III del Libro I. Allí Marx comienza exponiendo el siguiente texto, en el que se glosa a sí mismo de una manera brillante: “Hemos visto cómo el dinero se transforma en capital, como del capital se hace plusvalía y de la plusvalía más capital. Sin embargo, la acumulación del capital presupone plusvalía, la plusvalía presupone producción capitalista, y ésta la existencia de grandes masas de capital y fuerza de trabajo en manos de los productores de mercancías. Así, pues, todo este movimiento para girar en un círculo vicioso, del que sólo podemos salir imaginando una acumulación ‘originaria’ previa a la acumulación capitalista […], una acumulación que no es el resultado del modo de producción capitalista sino su punto de partida”. He aquí, nos explican Fernández Liria y Alegre Zahonero, el mito que el propio capitalismo se cuenta a sí mismo, y que Marx llega a equiparar al papel del pecado original en teología. Y es que, en un fragmento memorable y genial de Marx, éste deja patente que “como ya se sabe, en la historia real desempeñan un gran papel la conquista, la esclavización, el robo y el asesinato, en una palabra, la violencia. En la dulce economía política, por el contrario, reinó desde siempre el idilio. El derecho y el ‘trabajo’ fueron de siempre los únicos medios de enriquecimiento…”. ¡El derecho y el trabajo! Tal es la “dulce” visión del capitalista que estudia economía política.

Lo cierto es que -dice Marx enseguida- “el dinero y la mercancía no son de por sí capital, como tampoco lo son los medios de producción ni de subsistencia. Necesitan convertirse en capital“. En El orden de El Capital podremos encontrar un extenso análisis de tales textos de obligada lectura si se quiere entender qué es el capitalismo. El obrero es despojado de sus medios de producción, y por tanto, de sus garantías de subsistencia –que sí eran ofrecidas en la organización feudal–. El origen del obrero asalariado y del capitalista se sitúa en la servidumbre del obrero, en la expropiación de tierras del campesino (de las tierras, digamos, comunales). Y así, poco a poco, reconoce Marx que “en el transcurso de la producción capitalista se va desarrollando una clase obrera que, por educación, tradición y costumbre, reconoce como leyes naturales evidentes las exigencias de ese modo de producción“, se entiende, del capitalismo.

En un parágrafo de relevancia especial, los profesores Carlos Fernández Liria y Luis Alegre Zahonero estudian “La estructura ‘capital’, el eîdos ‘capital’”, donde se ocupan del caso especial de “La teoría moderna de la colonización”, capítulo que sigue al mencionado de la acumulación originaria en El Capital. Allí Marx escribe que “el capital no es una cosa, sino una relación social entre personas mediatizadas por las cosas”. Para ilustrarlo, Marx cuenta las cuitas de cierto señor Peel, que llevó desde Inglaterra a Nueva Holanda (nombre que recibía la actual Australia) “… medios de subsistencia y de producción por valor de 50.000 libras esterlinas. Fue lo bastante previsor para llevarse además 3.000 personas de la clase obrera, hombres, mujeres y niños. Una vez llegados al lugar de destino, ‘el señor Peel se quedó sin un criado para hacerle la cama y llevarle el agua desde el río’. ¡Pobre señor Peel, que lo previó todo, menos la exportación de las relaciones inglesas de producción” a Nueva Holanda!

Fernández Liria y Alegre Zahonero nos aclaran este ejemplo tan gráfico y tajante que nos ofrece Marx; en la página 332 de El orden de El Capital, leemos que “el señor Peel había intentado transportar una estructura transportando sus elementos. Y la estructura, lógicamente, no le había acompañado. Es por lo que se puede afirmar, como afirma Marx, que Peel había exportado todos los elementos de la producción capitalista [aquellos criados, fuerza de trabajo, miles de libras, etc.], habiéndose olvidado, precisamente, del capital: un negro es un negro, sólo en determinadas condiciones se convierte en esclavo; una máquina de hilar algodón, es una máquina de hilar algodón. Sólo bajo determinadas condiciones se convierte en capital“.

Termino con una recomendación que, espero, no caiga en saco roto. Una recomendación dirigida a toda persona interesada en saber no tanto cómo vive, sino en qué vive, en qué condiciones se desarrolla su vida al margen de las meras necesidades fisiológicas. Cierro esta reseña, que no es sino una llamada a volver a coger El Capital, con algunas palabras del prólogo de Santiago Alba Rico:

Carlos Fernández Liria y Luis Alegre Zahonero llevan años alertando de este desastre teórico y procurando sentar las bases para una reconciliación del marxismo con la tradición republicana de la Ilustración. Sus últimas publicaciones no han dejado de insistir en que si hay algo que el capitalismo convierte en imposible es precisamente el proyecto político de la Ilustración, lo que solemos expresar bajo la idea de una democracia en “Estado de derecho” o bajo el “imperio de la ley”. Y que si algún motivo nos da el capitalismo para rebelarnos contra él es precisamente el de haber frustrado este proyecto político y el de hacerlo cada día más impracticable…

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7 comentarios en “El orden de El Capital de Marx

  1. Magnífica reseña Carlos.
    Yo también estoy enfrascado en la lectura de este libro que me parece imprescindible.
    Aun habría muchos más planteamientos no diré innovadores pero sí poco difundidos sobre Marx que uno puede ir descubriendo. Por ejemplo, los autores desmontan, siguiendo a Althusser, la leyenda de que el Marxismo es una suerte de hegelianismo de izquierdas o “puesto del revés.” Y con ello se desvincula prácticamente a Marx de sistemas como el materialismo dialéctico o incluso con buena parte de lo que tradicionalmente se entiende por materialismo histórico.
    Me parece reseñable también el aspecto didáctico del libro. Trata temas de extrema complejidad y dificultad con una envidiable claridad. Además, gracias a una especie de repetición y recapitulación continua de “lo visto hasta ahora” poniéndolo en relación con lo visto en cada momento, permite una lectura continuada, sin necesidad de exigir al lector memorizar o buscar páginas atrás argumentos ya olvidados.
    Saludos.

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  2. Muchas gracias, Swann.
    Tienes muchísima razón: los dos aspectos a los que aludes son absolutamente relevantes, pero no podía ocuparme de todo sin hacer de la reseña casi un artículo de investigación (bastante me ha costado ceñirme a la extensión actual del documento).
    Saludos cordiales.

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  3. Buenas noches Carlos!

    No caerá en saco roto tu recomendación. Por mi parte estoy embarcado en la lectura de este libro y la lectura del mismo Capital de Marx, que junto con mi carrera intento compaginar.
    La desvinculación de la obra de Marx del materialismo dialéctico fue algo que me alivió bastante al leerlo, ya que nunca comprendí muy bien eso de que una obra -y las derivadas- que se pretendía científica tuviera un método como el “diamat”, que enconsertaba el conocimiento. Quizás el terrible final de la vida de Althusser dificultó esa tarea para con un marxismo que se resiste a romper con Hegel.

    Gracias por este post.

    Un abrazo.

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